Sed amables, sed misericordiosos

La Real Academia Española de la Lengua Española (RAE) presenta la amabilidad como: afabilidadsimpatíaagradocordialidadbenevolenciacortesíagentilezaurbanidad”.

Y lo opuesto a amabilidad como: rudezagroseríaasperezahosquedaddescortesía.

                No sé si la amabilidad está hoy entre los valores de nuestra sociedad, de nuestros ambientes, incluso dentro de la familia.

                No sé si la amabilidad habita normalmente entre compañeros de trabajo, de vocación, de misión en la Iglesia: catequistas, grupos de pastoral, presbíteros y laicos… Quiero pensar que sí. Y lo experimento con cierta frecuencia. Pero no siempre.

                Como la amabilidad es una virtud relacional muy importante, sin duda que existe en la Iglesia. Porque la Iglesia es ‘santa’ y ‘pecadora’, como sabemos muy bien por experiencia y por ser una realidad humana, aunque sostenida y renovada por el Espíritu Santo. Gracias al Espíritu, la Iglesia sigue viva a pesar de su pecado

                Por ser santa, la Iglesia es lugar de amabilidad, comunidad de amabilidad, de acogimiento, de escucha, de perdón… de misericordia. La amabilidad tiene mucho que ver con la misericordia. Una misericordia no amable, deja de ser misericordia. Y la amabilidad no es posible sin misericordia.

                La amabilidad como la misericordia no miran desde arriba al que sufre o al que falla moralmente o al que padece una desgracia. La misericordia trabaja en silencio ‘poniéndose en los zapatos del otro’. La misericordia desde arriba ya no es misericordia. Será otra cosa, pero no misericordia. La amabilidad ‘desde arriba’ es paternalismo. Lo mismo que la misericordia ‘desde arriba’.

Ser santo es ser misericordioso y ser misericordioso es igual a ser santo:

Sed santos en todo lo que hagáis, como también es santo quien os llamó; pues está escrito: «Sed santos, porque yo soy santo». (1 Ped 1,15-16)

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6,36-38).

Amabilidad, misericordia y santidad van unidas. No son separables. Las tres ven en el otro un hermano que necesita cercanía, apoyo, estímulo, comprensión….

                Recordemos con gozo profundo y con decisión de ir poco a poco avanzando en misericordia y amabilidad, estas estimulantes palabras del Papa Francisco:

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. […], Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr. Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios”.

 Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”. (Miseriordiae vultus 1-2)

Por ser pecadora, en la Iglesia cohabitan con la amabilidad: el rechazo, las puertas cerradas a según quienes, las preferencias no precisamente a los pobres, el ‘escándalo’ por bendiciones a las personas -no a su situación moral-.

“Sin embargo, todavía es posible optar por el cultivo de la amabilidad. Hay personas que lo hacen y se convierten en estrellas en medio de la oscuridad” (Francisco. Laudato si 222).

La amabilidad pregunta: “¿Qué quieres que te haga? (Mc 10,51; Lc 18,41)

La amabilidad invita: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. (Mt 11,28-29)

Jesús es la amabilidad de Dios encarnada en nuestra historia.

Felicidades, Papa Francisco. Regalo con once años de duración (13-3-13). Que sean más.