A menudo los Evangelios describen a Jesús compareciéndose del mundo, mirando con misericordia las realidades que le rodean. Se fijó en el gentío y se compadeció de ellos porque iban como ovejas sin pastor, se compadeció de las mujeres pecadoras que se acercaban a Él, comió con recaudadores de impuestos, trataba con excluidos y enfermos.

Los grupos religiosos del momento que defendían un sistema de pureza, pronto vieron una amenaza en estas actitudes porque creían que ponía en peligro su estatus quo. No dudaron en acusarlo de blasfemar contra Dios y de cometer pecado de herejía, de cuestionar los dogmas y la verdad.

De alguna manera, a algunos pareciera que hoy la Iglesia, cuando trata de dialogar con el mundo y se acerca a determinadas realidades conmovida por el dolor, el pecado y la desorientación, toma una actitud similar y es acusada con frecuencia de traicionarse a sí misma e incluso de atacar a Dios y su Verdad revelada.

A veces, siento cierta envidia de quienes hablan con gran seguridad sobre las cosas de Dios, esto debe suponer un gran conocimiento de Dios (¡qué suerte¡, ¿verdad?) y, por ende, hablan indubitativamente del pecado, de lo que está bien o mal, aunque más bien es posible que esa seguridad venga dada por otorgar primacía a las normas, la ley, a la tradición, antes que confiarse sin reparos a la voluntad del Padre. Transmiten una sensación de juicio excluyente, al menos aparentemente, dejando pocas posibilidades de salir en busca de las ovejas perdidas (Mt. 18, 10-14) o con poco margen para poder sanar a los que realmente necesitan de médico (Lc. 5, 27-32). A veces, escuchándoles, pareciera que el sábado está por delante de la persona, cuando la persona es el hijo y no el sábado, por eso éste se hizo para la persona y no al revés (Mc. 2, 23-28). Aunque por supuesto esto no quiere decir que el sábado quede derogado, sino que adquiere una nueva perspectiva que le otorga mayor plenitud:

“Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás: dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: `Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. `Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano. Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: `Dios, ten piedad de mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado pero aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado.” (Lc. 18, 9-14)

También hablan de la tradición de la Iglesia (liturgia, disciplina y pastoral) 1 como algo inmutable, cuando, siendo importante como expresión de la fe del pueblo de Dios, no puede limitar al propio Dios que expresa. Intuyo que tanta seguridad y certeza encerrada en tradiciones o visiones apocalípticas, lo que nos conduce es a empequeñecer a Dios, a limitarlo. Creo que Dios Padre nos supera ampliamente por todos los costados, por cada uno de nuestros sentidos y no nos cabe en nuestra imaginación, en nuestras referencias, en nuestros conceptos, creo que es mejor no intentar aprisionarlo con nuestras limitaciones.

En uno de tantos encuentros que tuvo Jesús, cuando una pecadora se acerca a Él para lavarle los pies con perfume, el Señor no se fija en sus pecados, sino en su amor (Lc 7, 36-50). El amor es el que justifica, ni siquiera hacer el bien o cumplir los preceptos, la liturgia, los actos caritativos; es el amor lo que diferencia, es lo único que justifica el juicio. Un amor desinteresado, un amor generoso y sin medida, a imagen y semejanza de Él: “amaos como yo os he amado”. De lo poco que sabemos de Dios Padre es que es Amor (Jn. 4, 7-9) y que ama sin medida, y que tiene acepción de personas, sus predilectos son los últimos, los abandonados (Mt. 25, 40).

Cuando algunos constantemente se quejan y pareciera que sólo ven la parte negativa de la realidad, me recuerdan a aquellos niños inconformistas de la parábola. Porque, según nos advierten, la Iglesia está sufriendo una persecución sin parangón; pero es que, según su parecer, también cuando es alabada por sus declaraciones o cuando es bien valorada por sus posiciones arriesgadas en defensa de los débiles (inmigrantes, el cambio climático, la acogida a últimos, etc.), los progres se aprovechan de ella para dilapidarla o ella misma claudica de sus principios para caer bien a un mundo que la rechaza:

– ¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?
Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.»
Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: «Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de recaudadores y pecadores».
Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón.
(Lc. 7, 31-35)

Tornemos al principio, quizá la Iglesia necesite recuperar una mirada de misericordia hacia el mundo y abandonar la del juicio, una mirada de amor que la sitúe en “posición de salida”, como reitera el Papa Francisco. Sentarse con pecadores y publicanos no supone traicionar o renunciar a la Verdad, supone llevar la Verdad allí donde está ausente. Supone tornar a una opción de Misión, pero no como cruzada medieval, sino desde la sanación y en perspectiva salvífica, como la de Cristo en la Cruz. Quizá tengamos que repensar lo que supone la Cruz para la Iglesia y para los seguidores de Jesús de Nazaret, para poder empezar a renunciar al poder y al prestigio social (recordemos aquí el Evangelio cuando Jesús se retiró al desierto y fue tentado) como medios fundamentales para influir en la sociedad, cuando el modelo de Jesús de Nazaret era otro: construir el Reinado de Dios desde el servicio y la misericordia:

«El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga». (Mt. 16, 21-27)

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Nota 1: La Tradición de la Iglesia como tal es una combinación de elementos: inmutables e intercambiables algunos, cambiables otros. Los inmutables son el dogma y la moral, y los mutables que se adaptan a los tiempos y circunstancias, son la liturgia, la disciplina y la acción pastoral.