Nadie puede vivir sin placer

Oímos la palabra “placer”[1] y enseguida la asociamos a sexo. Pero el placer es una realidad mucho más amplia. Hay muchos tipos de placeres. El mejor, el de la amistad. O no, porque hay uno mejor, como dice el salmo 36: “sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón”. El placer más frecuente, la buena comida y la buena bebida, no tiene nada de negativo. Excluida la gula. Y sin olvidar a los que no tienen qué comer y piden nuestra solidaridad fraterna.

Y, sin identificar el placer con el sexo, la afirmación de Gelabert es verdadera. Tiene razón. No podemos vivir sin placer. Muchas cosas que hacemos y vivimos todos los días nos producen placer: el despertar junto al esposo o la esposa, el primer beso del día, el primer encuentro con los hijos, con los amigo, con los compañeros de trabajo…

Sin embargo, muchas personas, cristianos incluidos, tienen un concepto negativo del placer. Sea este el que sea. Todo que suene a ‘placer’ parece que ‘huele mal’. Gran equivocación. No podemos vivir sin placer.

Santo Tomás de Aquino afirmó: “Nadie puede vivir sin algún placer sensible y corporal”. Y añade: decir lo contrario “no es razonable”. Lo que Tomás de Aquino rechaza son los placeres inmoderados y contrarios a la razón. O los vinculados al desprecio del otro por venganza, porque no es de los míos, porque tiene otro color de piel, porque juzgamos que es mala persona… El problema, por tanto, no es la dimensión corporal de la naturaleza, que viene de Dios, sino el mal uso que hacemos de los miembros de nuestro cuerpo.

En la naturaleza hay otras dimensiones además de las corporales, a saber: las intelectuales y espirituales. Tomás de Aquino afirma que el ser humano necesita el placer para aliviar sus múltiples e inevitables males y tris­tezas. Y al respecto aclara: no se trata de que los placeres corporales y sensibles sean mayores que los intelectuales y espirituales. Más bien es lo contrario lo que es verdad. Lo que ocurre es que cada uno está obligado a utilizar los remedios de que dispone. Quién conoce los placeres sensibles se servirá de ellos como reme­dio. Quién conoce los placeres espirituales e intelectuales podrá servirse de ellos.El placer es muy importante en la vida. Tan importante que, si desapareciera totalmente, desaparecían también las ganas de vivir.

Los hombres combatimos la tristeza de muchas maneras: leyendo un libro, escu­chando música, jugando al tenis o, equivocadamente, bebiendo alcohol. Porque todos necesitamos placer, el remedio contra la droga, el alcohol o el sexo inmoderado no es tanto la condena o la re­presión, sino la búsqueda de las causas que provocan estas situaciones desgracia­das para, en un clima de comprensión y respeto, remediar la causa ofreciendo so­luciones alternativas que, al ser más razonables, resultan también más vivifica­doras. Se trata de saber discernir, más allá de muchas opiniones, la vida que todos buscamos y ayudar a encontrar esa vida a quién, en nuestra opinión, le busca por caminos equivocados.

El placer ha sido demasiado desechado en casi todas las religiones, también en la religión cristiana. Se le ha presentado como el enemigo de todo: de la espiritualidad, de la moral, del evangelio… ¿De veras que es rechazado por el evangelio? No hay una sola página en los cuatro evangelios canónicos en la que se pueda encontrar una condena del placer. Si no lo condenan los evangelios, ¿por qué lo habría de condenar la iglesia? Si no lo condena Jesús, ¿por qué lo habrían de condenar sus seguidores?

En principio, nada que objetar a la oferta de placer que hace esta sociedad del bienestar. El gran error está en confundir el placer con la felicidad o en intentar convencer a la gente que el placer garantiza la felicidad. La experiencia dice que esto es un error. Son muchas las personas que tienen todas las condiciones materiales para ser felices, y la felicidad no llega. ¿Dónde está la clave? Quizá no se administran bien los placeres, quizá no se gestionan bien el tiempo y la medida, quizá se da lugar a un hartazgo limitante. Pero la razón de fondo debe ser esta: Quizá el placer termina siendo enemigo de la felicidad cuando falta el sentido de la vida, de los distintos ámbitos de la vida. Por eso es preocupante aquel diagnóstico de la cultura actual: abundante en placer y escasa en sentido, abundante en técnica y escasa en ética, abundante en política y escasa en mística.

No hay que olvidar que Jesús era amante de la fiesta. Tanto que fue acusado de comilón y bebedor (Mt 11,19-20). También era sensible a la amistad y se rodeaba de buenas amigas y buenos amigos. De ahí que sólo desde una consideración positiva del placer podrá encontrar aceptación la necesaria crítica a una búsqueda del placer a toda costa, que ya no contribuye a la felicidad, sino a su destrucción.


[1] “Nadie puede vivir sin placer” es el título de un artículo, en el que me inspiro, de Martín Gelabert. Religión Digital – 07.01.2021