Me ha quedado muy mal gusto de boca después de leer esto: “Cuando uno recibe una carta en la que el mensaje es una declaración de gratitud, toma conciencia de lo inusual que se ha vuelto este sentimiento, y aún más su expresión”.

            El autor de esta afirmación, después de narrar la actuación del Ejército Español en el traslado de un español ingresado en estado crítico en un hospital de Tailandia hasta un hospital del País Vasco, se pregunta si lo habrán agradecido igualmente “los que, ostentando alguna representación institucional o política, podrían haber agradecido la ayuda recibida. Todos sabemos la respuesta y cuesta creer que nos hayamos resignado a ella. Cuando el ideario se antepone a la gratitud, sustrato elemental de la humanidad, poco queda ya por perder”. [1]

            No traigo este hecho por la actuación del Ejército -que reconozco y alabo-, sino por la valoración que hace su autor de la gratitud como “sustrato elemental de la humanidad”, y por su lamento de que se anteponga el ideario personal o político a la gratitud. Si esto fuera así, “poco queda ya por perder”. Perdida la capacidad de dar gracias, de agradecer, hemos perdido gran parte de nuestra humanidad. La gratitud forma parte de lo más noble de nuestro ser y de nuestro existir. Nos hace caer en la cuenta, y lo expresamos, de que no estamos solos, de que no podemos vivir sin los demás, de que todo lo hemos recibido porque vinimos sin nada…  Ya lo dice nuestro refranero de modo claro y sencillo: “es de bien nacidos ser agradecidos”. También lo dice el nombre de la celebración cristiana por excelencia: Eucaristía: dar gracias.

            El lugar que ocupa la gratitud en nuestro día a día, nos está diciendo la calidad y la calidez de nuestra vida, nuestro nivel de humanidad. Sólo el soberbio y el autosuficiente cree que no tiene nada que agradecer a nadie, que todo lo que es y tiene lo ha conseguido por sí mismo. Por eso no tiene nada que agradecer y nadie a quien agradecer. En todo caso, es a él a quien muchos tienen mucho que agradecer. Esto sí es soberbia y una autosuficiencia que rompe todo signo de humanismo en una persona no agradecida.

            Por tanto, es muy, muy grave -si es verdad lo que dice nuestro autor- “lo inusual que se ha vuelto este sentimiento, y aún más su expresión”. Sería extremadamente grave. Nuestra humanidad habría perdido uno de sus valores esenciales para interpretar bien el hecho de que existimos no por nuestros méritos, sino por la acción de otros. Ser agradecidos es la mejor manera de pensar, aceptar y decir que todo lo hemos recibido.

            Porque nos han nacido, GRACIAS.

            Porque nos han cuidado, GRACIAS.

            Porque nos han transmitido la fe, GRACIAS.

            Porque nos han amado y nos aman, GRACIAS.

            Porque amamos, GRACIAS.

            Porque nos han perdonado, GRACIAS.

            Porque hemos perdonado, GRACIAS.

            Porque somos Iglesia, GRACIAS.

´ Por nuestra familia, GRACIAS.

            Por nuestros amigos, GRACIAS.

            Por el sol que nos alumbra, GRACIAS.

            Por la maravilla de existir, GRACIAS.

            Porque dar gracias no es inusual en nuestro mundo, ni entre nosotros, GRACIAS.

            Porque recibimos mucho cada día, GRACIAS.

            Por todo y por mucho, GRACIAS.

            GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS…

“Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros” (1 Tes 5,18)

“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Mt 11,25-26)


[1] Lorenzo Silva. XLSemanal. Nº 1906. 5-11 mayo 2024, pág. 1