El primer sentido

                No, no tenemos solamente cinco sentidos: vista, oído, gusto, olfato y tacto. También tenemos uno al que llamamos ‘sexto sentido’ y que identificamos con la capacidad para intuir, adivinar o presentir algo que va a pasar. Tenemos, además, un sentido que da ‘sentido’ a los otros cinco o seis. Por eso lo llamo ‘primer sentido’. No tiene un órgano que lo sustenta. Pero sí un símbolo que lo representa y que sostiene la vida.

                Un corazón que ve y mira.

                Un corazón que oye y escucha.

                Un corazón que gusta y saborea.

                Un corazón que acaricia y palpa.

                Un corazón que saborea y agradece.

                No es lo mismo oír, ver, tocar, gustar, oler con corazón que ejercitar los sentidos en su necesidad vital, superficialmente, por rutina, con indiferencia, de modo egoísta… El corazón da ‘sentido humano’ a los sentidos naturales. Y estos ‘ayudan’ al corazón humano a actuar. Y se crea, así, una persona de ‘buen corazón’. Tener buen corazón es ser ‘buena persona’.

El domingo pasado, fiesta de la Ascensión del Señor – 29 mayo- celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con el tema «Escuchar con el oído del corazón». Este tema me ha llevado, como es evidente, al corazón. Un corazón que escucha.

Y me ha recordado que Benedicto XVI nos ha dejado una bellísima y profunda expresión para relacionarnos con los demás como cristianos: “El programa del cristiano -el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús- es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”.  (Deus Caritas est 31b). Aplica este principio a la acción caritativa de la Iglesia: “Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse… por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad” (Idem 31a).  

El corazón ve. Para encarnar el amor en la relación con los demás, es necesario que el corazón vea al otro como persona, como hermano.

El corazón escucha. “Saber escuchar… primer gesto de caridad” (Francisco)[1].

«Escuchar con el oído del corazón». El mensaje de Francisco para esta Jornada se centra en los comunicadores sociales. Y en este medio de comunicación de la “Iglesia en Aragón” es justo y necesario que lo divulguemos. Añadiendo, además, que muchas de las afirmaciones del mensaje son válidas para todos. Por eso ofrezco algunas.

“A un ilustre médico, acostumbrado a curar las heridas del alma, le preguntaron cuál era la mayor necesidad de los seres humanos. Respondió: “El deseo ilimitado de ser escuchados”.

“La escucha, en el fondo, es una dimensión del amor”.

“Todos tenemos oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física… La verdadera sede de la escucha es el corazón… Y san Agustín invitaba a escuchar con el corazón… «No tengan el corazón en los oídos, sino los oídos en el corazón». Y san Francisco de Asís exhortaba a sus hermanos a «inclinar el oído del corazón».

“Lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta”.

“Es triste cuando, también en la Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan contraposiciones estériles”.

“En muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista”.

“Escuchar más voces, escucharse mutuamente, también en la Iglesia, entre hermanos y hermanas, nos permite ejercitar el arte del discernimiento, que aparece siempre como la capacidad de orientarse en medio de una sinfonía de voces”.

“También en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros. Nosotros los cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por Aquel que es el oyente por excelencia, a cuya obra estamos llamados a participar. «Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios» … El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer nos recuerda… Quien no sabe escuchar al hermano, pronto será incapaz de escuchar a Dios[2].

“En la acción pastoral, la obra más importante es “el apostolado del oído”. Escuchar antes de hablar, como exhorta el apóstol Santiago: «Cada uno debe estar pronto a escuchar, pero ser lento para hablar» (1,19). Dar gratuitamente un poco del propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad”.

Hay muchas personas, muchas, que solo necesitan, o necesitan, por todo y sobre todo, ser escuchadas. Están a nuestro lado. Muchas veces, muy cerca. Para descubrirlas y escucharlas, tenemos el corazón y… el oído. El oído y el corazón. El oído sin corazón no escucha bien. El corazón nos afina el oído. ¡Qué bueno será que todos trabajemos nuestra capacidad de escuchar con el corazón!


[1] Regina coeli. 29 mayo 2022.

[2] D. Bonhoeffer, Vida en comunidad, Sígueme, Salamanca 2003, 90-92.