Domingo 12º, tiempo ordinario: 23 de junio de 2024

¿Por qué tenéis miedo?

INTRODUCCIÓN

La imagen de una barca zarandeada por las olas y a punto de naufragar ha sido una imagen muy corriente para describir las distintas situaciones difíciles por las que ha atravesado la Iglesia. Nos toca a cada época detectar y analizar  el tipo de tempestad que nos toca afrontar. En el momento del Corona-Virus la Iglesia estuvo  muy sensible a esta terrible  tempestad que azotaba a toda la Humanidad. Y ahora que, gracias a Dios, ya hemos salido debemos ayudar a la humanidad a dar respuestas auténticas y valientes desde nuestra fe.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Job. 38,1.8-11.                    2ª lectura: 2Cor. 5,14-17

EVANGELIO

Mc. 4,35-41.

Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: « ¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

REFLEXIÓN

El Papa Francisco, el 27 de marzo del 2020, ante una plaza de San Pedro totalmente vacía, nos regaló una preciosa homilía aludiendo al texto que hoy nos ocupa de la tempestad calmada. NO está mal que volvamos a ella y recordemos lo que vivimos entonces. De ahí sacamos unas sabias y ricas enseñanzas. Constatamos tres sensaciones.

1.- Sensación de miedo. “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades. Se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”. Esta sensación de miedo y angustia se ha hecho  más patente en tantas familias que perdieron a sus seres queridos sin poder acompañarles en esos momentos decisivos. Nos dimos cuenta de que hay algo peor que la misma muerte: morir en soledad. Morir sin tener una mano cercana de un familiar o un amigo a quien agarrarse. Sólo entonces caímos en la cuenta de la importancia de la fe. Dios nuestro Padre no abandonó a su propio Hijo clavado en la Cruz. Llorando y gritando  en medio de terribles dolores, fue escuchado. Y el Padre lo resucitó.  Aquella escena evangélica de Jesús se está repitiendo. Es el propio Jesús el que alarga a cada moribundo “su mano invisible” para que, agarrándose a ella, poder entregarlo al Padre–Dios. 

2.- Sensación de vulnerabilidad. Confiábamos en nuestros recursos, nuestra ciencia, nuestra tecnología y pronto caímos en la cuenta de que todo eso no nos servía. Era suficiente un “virus invisible” para dejarnos a todos como a nuestros primeros padres “cogiendo la mano de una niña muerta, levantándola y entregándola a sus padres” (Lc. 8,53) después del primer pecado: el primer hombre estaba “totalmente desnudo”. El Papa Francisco lo expresaba de esta manera: “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar”. Pero fue una bonita ocasión para despertar en nosotros lo más hermoso que tenemos: la fraternidad, la solidaridad. “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”.

3.- Sensación de que no todo está perdido. “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. Pronto hemos caído en la cuenta de que lo importante en la vida no es tener, acumular, vivir sólo para nosotros mismos, sino abrirnos a los demás y encontrar el sentido de la vida en la entrega desinteresada a los demás. Tantos gestos heroicos de médicos, enfermeros, voluntarios, trasportistas, gente de buena voluntad, es decir, lo mejor de la sociedad, estaban ahí, aunque no los conocíamos. Jesús decía:” Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. (Jn. 12,24). Esos granos que ya han caído en tierra y han muerto, son la mejor semilla de una nueva sociedad.

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Todas las «cunas», Señor,
tienen la forma de «barca».

Por el «mar de nuestra vida»

remamos hacia la playa.

Este mar se enfada a veces

y provoca las borrascas.

«Mar y mal» se identifican,
habitan la misma casa.

Ante el «mal», el Evangelio
presenta caras contrarias.
Los discípulos se asustan,
Jesús mantiene la calma.

Jesús puso en el Dios Padre
su corazón, su confianza.
Por eso, duerme en la popa,
recostado en la almohada.

Los discípulos miedosos,

al no tener fe, fracasan.
Esperan la salvación

sólo por arte de magia.

También, Señor, a nosotros
el miedo nos acobarda.

Nos cuesta creer en Ti,
vivir según tu Palabra.

Señor, te ofrecemos himnos
de gratitud y alabanza.
Perfuma, Tú, nuestra vida
con la flor de la esperanza.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

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