Caminad hacia la bondad plena

Pedro Escartín
14 de febrero de 2026

 Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del VI domingo del tiempo ordinario – A – (15/02/2026)

El Evangelio de hoy parece muy exigente (Mt 5, 17-37), al menos cuando se escucha por primera vez. Jesús continúa proclamando la nueva Ley y hoy nos sorprende diciendo que nos cortemos la mano o nos saquemos el ojo si nos inducen a pecar. Esta exigencia tan rotunda me ha dejado intranquilo, y se lo he dicho a Jesús en cuanto hemos empezado a tomar el café:

– Me parece que algunos, o tal vez muchos, de los que hoy han escuchado tus palabras, tal como las ha transmitido el evangelista, se habrán llevado las manos a la cabeza: quitarse un ojo, cortarse una mano, ser reo de juicio como si fuera un homicida por haberle dicho imbécil a alguien… es demasiado fuerte para nosotros. Pero Jesús me ha replicado:

– No es que Mateo haya exagerado mis palabras, sólo que no os dice en qué contexto las pronuncié. Para mis contemporáneos de Palestina, el ojo era el órgano que alimenta la envidia, la avaricia y otros malos deseos; consideraban la mujer como propiedad del varón, de modo que el deseo de poseer la mujer ajena era un atentado contra la propiedad; veían la mano como el instrumento con el que se llevaban a cabo los deseos que nacen en el corazón… Así que, acomodándome a su manera de hablar, que era extremosa y hasta exagerada para vuestra manera de expresaros, dije lo que te ha sonado tan fuerte: córtate la mano, sácate el ojo, mereces la condena de la gehena de fuego…

– Entonces, ¿cómo lo dirías para que nosotros entendamos ahora tus palabras?

– Pues, lisa y llanamente, que no es suficiente con que cumpláis los preceptos de la Ley a los ojos de la gente, sino que os atreváis a descubrir la raíz de vuestros torcidos comportamientos y a eliminarla; que no os enzarcéis en la casuística buscando los mínimos imprescindibles, como algunas veces hacían los rabinos de mi pueblo, sino que saquéis a la luz las actitudes profundas, que anidan en el corazón, del que nacen los homicidios, las fornicaciones, las injusticias… y, en una palabra, los males que destruyen la vida humana.

– O sea, que «nuestra justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos» -he concluido, recordando la lectura del Evangelio-.

– ¡Perfecto! Veo que lo has entendido -ha añadido mientras buscaba su taza de café-. Tenéis que eliminar esa levadura corrupta que hace que la masa del mundo fermente en acciones de las que luego os avergonzáis. Pero esto no es todo.

– ¿Qué más nos pide tu nueva Ley? -he preguntado alarmado-. ¿Te parece poco que busquemos la raíz de nuestros pecados?

– No es que me parezca poco, sino que aún falta lo más importante -ha añadido levantando la mano para reclamar mi atención-.  «Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial». Si no buscáis ser perfectos en el amor a todos, como lo es vuestro Padre con cada uno de vosotros, nunca lograréis entender que «no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud», y os seguiréis contentando con los mínimos indispensables, como hacían algunos rabinos de Israel en aquel tiempo.

– A cambio de la intranquilidad que hoy traía me marcho con la recomendación de imitar al Padre en su amor perfecto. ¿Piensas que puedo lograrlo?

– ¿Por qué no? Todo es posible para el que cree.

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (5, 17-37).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehena del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ir a parar entero en la gehena. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero en la gehena.

Se dijo: “El que repudie a su mujer ?no hablo unión ilegítima? y se casa con otra, comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, si, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor.

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