Una paz desarmada y desarmante. Carta del obispo de Barbastro-Monzón. 15 de febrero de 2026

Ascen Lardiés
13 de febrero de 2026

Cuando el recién elegido Papa León XIV se asomó al balcón de la basílica de San Pedro y pronunció, casi en voz baja, la expresión «una paz desarmada y desarmante», muchos percibimos que no se trataba de una frase retórica ni de un simple deseo piadoso. Era, más bien, un programa espiritual, evangélico y profundamente humano, dirigido a la Iglesia y al mundo.

Vivimos tiempos marcados por la inseguridad, la polarización y el miedo. También por una lógica que pretende garantizar la paz mediante el equilibrio de fuerzas, la disuasión o la amenaza. Frente a ello, el Papa nos invita a recuperar una convicción central de la fe cristiana: la paz no nace de las armas, sino del corazón reconciliado.

Hablar de paz desarmada significa, ante todo, renunciar a la idea de que la violencia —física, verbal o estructural— pueda ser un camino legítimo para resolver conflictos. No solo entre naciones, sino también en la vida cotidiana: en la familia, en la comunidad cristiana, en la sociedad. Una paz armada puede imponer silencio, pero no genera comunión; puede frenar un estallido, pero no sana las heridas. La paz que viene de Dios no necesita blindarse, porque se apoya en la justicia, la verdad y el respeto a la dignidad de toda persona.

Pero el Papa fue aún más lejos al hablar de una paz desarmante. Aquí el acento se desplaza del exterior al interior. Se trata de una paz que desarma los corazones, que desmonta las lógicas del resentimiento, del odio y de la venganza. Es la paz que brota cuando permitimos que el Evangelio toque nuestras defensas más profundas: el orgullo, el miedo al otro, la tentación de imponernos. Solo un corazón desarmado puede convertirse en artesano de paz.

No es casual que el Santo Padre haya insistido en este mensaje en el marco de la Jornada Mundial de la Paz, celebrada cada 1 de enero. Desde hace décadas, la Iglesia recuerda en ese día que la paz es una tarea permanente, una vocación confiada a todos. No basta con desearla: hay que construirla pacientemente, comenzando por la conversión personal. Como nos recuerda la tradición cristiana, no hay paz social sin paz interior, ni paz duradera sin justicia y misericordia.

Para nosotros, discípulos de Cristo, esta llamada tiene un rostro concreto: Jesús, el Príncipe de la Paz, que en la cruz vence al mal no con la fuerza, sino con el amor entregado. Su resurrección es la prueba de que la mansedumbre no es debilidad, sino la forma más alta de fortaleza.

Ojalá que este noble deseo del Papa León XIV inspire nuestro modo de ser, de vivir, de dialogar y de relacionarnos entre nosotros, y el de todas las instituciones tanto eclesiales como civiles. Los cristianos del Alto Aragón oriental estamos llamados a ser testigos de esta paz desarmada y desarmante, humilde y valiente, capaz de abrir caminos de esperanza, enraizada en la justicia evangélica, en la comunión, en el diálogo y en la corresponsabilidad y cooperación entre todos que muestre a Cristo manso y humilde de corazón.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Javier Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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