Don Ángel, a los hospitalarios de Barbastro-Monzón: «Sois la sal de la tierra y la luz del mundo»

Ascen Lardiés
10 de febrero de 2026

El pasado 7 de febrero, la Catedral de Barbastro se convirtió en el epicentro de la devoción mariana diocesana con la celebración del tradicional Rosario de Antorchas y la posterior eucaristía de la Hospitalidad de Lourdes. El acto reunió a hospitalarios de todos los puntos de la diócesis en una jornada marcada por la luz y el servicio a los más vulnerables.

Como es habitual, se realiza el sábado más cercano al 11 de febrero, día de Nuestra Señora de Lourdes y Jornada Mundial del Enfermo que este año se celebra bajo el lema «La compasión del Samaritano: amar llevando el dolor del otro».

La jornada comenzó con el emotivo rezo del Rosario de Antorchas, con la participación de más de 300 fieles que portaron velas encendidas como símbolo de fe. Tras el acto procesional, dio comienzo la eucaristía vespertina, solemnizada por el coro Barmon y presidida por el obispo de la diócesis. Mons. Ángel Pérez Pueyo inició su intervención saludando con «profunda gratitud» a José María Sistac, presidente de la Hospitalidad, y a su esposa Elena Palacín, coordinadores de la pastoral de la salud.

El prelado definió a la Catedral como la «casa madre» que acoge a quienes, año tras año, se entregan al cuidado de los enfermos. «Una luz pequeña entre las manos. Una oración sencilla en los labios», describió el obispo al recordar el ambiente vivido durante el rosario, resaltando la «presencia materna de María» que sostiene y acompaña sin imponerse.

Durante la homilía, el obispo desgranó el mensaje evangélico dirigido a los voluntarios: «sois la sal de la tierra y la luz del mundo». Lejos de ser una invitación opcional, el prelado subrayó que esta identidad es una realidad presente en cada acción de los hospitalarios, comparando su labor con la sal que se disuelve para dar sabor y la luz que se consume para vencer la oscuridad.

Citando al cura y poeta Javier Pérez Benedí, recordó que el objetivo de su misión es «dejar en los hombres un sabor, un gusto nuevo». Esta labor, señaló, se realiza a menudo «sin aplausos ni focos», manifestándose en gestos cotidianos como empujar una silla de ruedas, escuchar un lamento o sostener una mano temblorosa.

El obispo puso especial énfasis en el significado de la peregrinación a Lourdes, calificándola como una «escuela viva del Evangelio». «Allí no vence el fuerte… allí conmueve el frágil, el herido», afirmó, explicando que en este santuario mariano la debilidad se convierte en un lugar de revelación donde el enfermo evangeliza al que aparentemente está sano.

Asímismo, destacó la figura de María como modelo de «luz discreta» que permanece siempre donde hay dolor, enseñando a hacer «lo ordinario con un amor extraordinario».

Para finalizar, el prelado recordó un lema recurrente entre los voluntarios: «a Lourdes no se va, se regresa». Instó a los presentes a no guardarse la luz recibida y a seguir «salando la vida» en una sociedad herida y desconfiada, siendo «signo creíble del Evangelio» y «bálsamo de Dios» para los que sufren.

La celebración concluyó con una petición a María, Salud de los Enfermos, y a Cristo, médico de cuerpos y almas, para fortalecer la misión de una Hospitalidad que el obispo calificó como el colectivo diocesano «más humilde y, sin embargo, el más fecundo».
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