Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Domingo del Corpus Christi – A – (07/06/2026)
La fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo, que hoy celebramos, proclama que Jesús está realmente presente en la Eucaristía: una presencia ligada no sólo al momento de la celebración eucarística y de la comunión, sino también a su permanencia en el pan y en el vino eucarísticos, que pueden ser adorados en la exposición solemne y en la procesión con el Santísimo, que comenzó a celebrarse a raíz de esta fiesta. Comenzó en los Países Bajos, en la ciudad de Lieja en el siglo XIII y rápidamente se extendió a la Iglesia universal. Así lo ha explicado el párroco al comenzar la homilía, invitándonos a venerar a Jesucristo, con una inclinación o una genuflexión, cuando pasamos por delante del Sagrario de nuestros templos, donde Él permanece verdaderamente presente. ¿Qué lugar mejor que el Sagrario para vuestra oración personal?, nos ha recordado…
– Vuestro párroco es un pastor bueno y sabio -me ha dicho Jesús, cuando con los cafés en la mano he comentado con él lo hermosa que es esta fiesta. Antes se celebraba en el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, lo cual dio origen al dicho: “Tres jueves hay en año / que relumbran más que el sol: / Jueves Santo, Corpus Christi / y el día de la Ascensión”.
– Sin embargo, los judíos discutieron contigo y hasta se escandalizaron cuando te oyeron decir: «Yo soy el pan vivo; el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo», y no dejaban de preguntarse: «¿cómo puede éste darnos a comer su carne?». El realismo de tus palabras les resultaba inaceptable.
– Y por eso reafirmé lo que ya había dicho: vuelve a leer el evangelio que hoy se ha proclamado (Jn 6, 51-58) y verás que no retracté ni un punto ni una coma.
– No sólo no te retractaste, sino que añadiste cuál es el efecto benéfico que podemos esperar del pan eucarístico: nada más y nada menos que nuestra futura resurrección: «El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día», les dijiste.
– Los judíos de mi tiempo creían a pies juntillas (permíteme que use vuestro modo de hablar, que es muy gráfico), digo que los judíos creían que el Padre había alimentado milagrosamente al pueblo con el maná bajado del cielo, y ¿no eran capaces de aceptar que el verdadero pan bajado del cielo, el verdadero pan de vida soy yo?
– Pero también les costó aceptar el realismo de tus palabras a algunos cristianos de la primera generación. He leído que un creyente tan entregado a ti como fue el mártir Ignacio de Antioquía ya se quejaba de que algunos “no confiesan que la eucaristía es la carne del Señor”, y los gnósticos y docetas tendían a considerarla más como símbolo que como realidad; seguramente por eso el evangelista insiste en presentar tu carne y tu sangre como verdadera comida y verdadera bebida.
– En verdad te digo que por la eucaristía yo permanezco en vosotros y vosotros permanecéis en mí, al igual que el sarmiento permanece unido a la vid y, mientras sigue unido con ella, da fruto.
– El evangelista también ha recogido los momentos finales de aquella disputa de los judíos contigo (Jn 6, 60-71), que terminó como “el rosario de la aurora”, por decirlo con una expresión castiza, pues muchos de tus discípulos se volvieron atrás.
– Pero, cuando pregunté a los Doce si también ellos querían marcharse, Simón Pedro me dijo en un arranque de sinceridad: «Señor, ¿con quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». No sabes cuánto me consoló -ha dicho echando a andar-.
Lectura del santo Evangelio según san Juan (6, 51-58).
En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron, el que come este pan vivirá para siempre».
Palabra del Señor.