Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del IV domingo de Adviento – B –

Celebramos hoy el IV domingo del Adviento y mañana será Navidad. La Navidad se nos ha echado encima sin darnos cuenta y hemos de apresurarnos para preparar nuestro ánimo como Dios manda, porque muchos la viven como si no tuviera que ver con Dios. Luego, el párroco ha expuesto el evangelio de este domingo (Lc 1, 26-38), que, por cierto, es un evangelio que se lee en muchas ocasiones y a veces lo escucho ya como quien oye llover…

– Pues harías bien en meditar lo que dice -ha dicho Jesús escuchándome con atención-.

– ¿Qué dice que aún no sepa? Lo he oído tantas veces que me lo sé de memoria -he replicado tratando de disculparme-.

– Olvidas que el Espíritu Santo, cuando escucháis la Palabra, pretende que no seáis como esos animalitos que repiten lo que oyen sin saber qué están diciendo -me ha advertido-.

– Bien sabes que yo no soy un loro -he reaccionado sin ocultar mi malestar-.

– No lo eres, pero a veces lo pareces -me ha dicho después de tomar, con calma, un sorbo de café-. Imita a mi Madre; ella guardaba y meditaba en su corazón lo que vio y escuchó tantas veces mientras me llevó en su vientre y cuando ya me tuvo delante de ella en carne y hueso.

– ¿Qué más he de meditar sobre un relato tantas veces oído? -todavía he replicado-.

– Me parece que se te va a enfriar el café -me ha dicho sonriendo-, porque he de explicarte algo sin prisas. Piensa qué dijo el ángel Gabriel a mi Madre. Te recuerdo un par de frases: «Alégrate, llena de gracia». Yahvé había dicho algo parecido a Joel, a Zacarías, a Sofonías y a otros profetas de Israel cuando los animó a no perder la esperanza pues la buena noticia de la salvación estaba ya en la puerta. Esto mismo os dice mi Espíritu Santo cada vez que escucháis esas palabras. Aunque no os lo parezca, el reinado del Padre está llegando. Rastread los signos de la presencia del Reino que ya hay ahora en vuestro mundo; si lo hacéis en silencio, con oración y humildad, aflorará en vuestro ánimo esa alegría que tanto necesitáis y tan poco tiene que ver con el jolgorio que os aturde y os impide pensar.

Hemos tomado otro sorbo de café y antes de que yo volviera a abrir la boca, Jesús ha continuado:

– Aún tengo que recordarte otra frase del ángel: «El Señor está contigo». Lo mismo dijo Yahvé a Moisés y a Gedeón, por nombrar sólo dos casos entre otros muchos que podéis leer en la Biblia. A Moisés le encomendó una tarea que parecía imposible: lograr que el Faraón dejase salir de Egipto al pueblo hebreo que había llegado al país cuando José, el hijo de Jacob, gozaba del favor del rey. Era mano de obra barata y estaba esclavizada ¿Cómo iba a dejar que se marchara? Por eso, Moisés, asustado, preguntó a Yahvé: ¿Quién soy yo para que el Faraón me escuche? Y la respuesta de Yahvé fue: «Yo estaré contigo». Algo parecido ocurrió cuando el Señor quiso que Gedeón se enfrentase, con sólo trescientos hombres, a un ejército inmenso para liberar a Israel del acoso constante de los madianitas. María tomó en serio el anuncio del ángel porque meditó la Palabra de Dios en su corazón y le dio crédito. ¿Aún te parece inútil escuchar una y mil veces las mismas Palabras del Padre?

– ¿Cómo podría llevarte la contraria? -he reconocido entre satisfecho y avergonzado-.

– Pues recuerda lo que volverás a escuchar mañana, en una de las tres Misas de Navidad: «A los que recibieron la Palabra les dio poder de hacerse hijos de Dios».

– Perdona mis reticencias. Eres el mejor regalo de Navidad. ¡Muchas gracias, Jesucristo!