Monseñor Alberto Vera: «La riqueza de Mozambique se ha convertido en su propia maldición»

Rocío Álvarez
4 de marzo de 2026

El obispo de Nacala, de visita en la Archidiócesis de Zaragoza, denuncia la situación de guerra olvidada en el norte del país y agradece el sostén vital de Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) para mantener viva la esperanza entre los desplazados.

Zaragoza ha recibido esta semana una voz que clama desde una de las periferias más heridas del mundo. Monseñor Alberto Vera Aréjula, obispo de Nacala (Mozambique), ha compartido la cruda realidad de una diócesis de 26.000 kilómetros cuadrados que hoy se desangra por la violencia yihadista, pero que se resiste a perder la alegría del Evangelio.

Piedras preciosas frente a la extrema pobreza

Uno de los puntos más impactantes del testimonio del obispo riojano es la paradoja que vive su tierra de misión. «Cabo Delgado y mi diócesis están llenas de oro, rubíes, gas y grafito para nuestras baterías. Sin embargo, esta riqueza es nuestra maldición», explica con dolor. Según Monseñor Vera, la guerra no es de religión, sino de intereses económicos: «A río revuelto, ganancia de pescadores. Conviene que haya confusión para que muchos se sigan enriqueciendo mientras millones de personas sufren».

Esta ambición externa contrasta con una realidad social donde el 70% de las mujeres son analfabetas y la mayoría de la población sobrevive con una sola comida al día. «Es la pobreza más grande que he visto. He llegado a ver a un niño comer tierra por hambre», confiesa el prelado.

ACN: El pulmón de la Diócesis

Al ser preguntado por el apoyo que recibe, Monseñor Vera es tajante: «Mi diócesis está viva gracias a Ayuda a la Iglesia Necesitada». En un territorio donde la Iglesia debe atender a miles de desplazados que huyen del terror —incluyendo el trauma tras el asesinato de la misionera María de Coppi—, el apoyo de ACN es el que permite que la estructura no se derrumbe.

«Me ayudan en todo: desde el mantenimiento del vehículo con el que recorro las misiones, hasta la formación de mis 72 seminaristas mayores. También sostienen el trabajo de las 70 religiosas y los sacerdotes. Gracias a ellos, cuando una comunidad logra levantar las paredes de su capilla con mucho esfuerzo, nosotros podemos ayudarles a poner el tejado», explica.

Los «brotes verdes» de esperanza

A pesar de las amenazas y del miedo que ha enrarecido las relaciones entre cristianos y musulmanes, el obispo ve señales de vida que le empujan a seguir. Entre sus «brotes verdes», destaca:

  • Vocaciones florecientes: Una media de tres ordenaciones anuales y un seminario lleno de jóvenes entusiastas.
  • Nuevas misiones: En los últimos años ha abierto cuatro misiones y proyecta abrir otras cinco en el futuro próximo para estar más cerca del pueblo.
  • Capacitación frente al asistencialismo: Proyectos de emprendimiento donde mujeres desplazadas (en su mayoría musulmanas) reciben formación y máquinas de coser solares para ganar su sustento. «No me gusta el asistencialismo, prefiero dar herramientas para que vivan con dignidad», afirma.

Una Iglesia de cercanía: La red de comunidades en Nacala

La labor de la Iglesia en la diócesis de Nacala se fundamenta en una red capilar que alcanza las zonas más remotas gracias al compromiso de 1.500 catequistas y animadores. Estos laicos, que conviven con la realidad diaria de las familias, son el motor esencial que mantiene viva la oración y el acompañamiento en las comunidades, convirtiéndose en el rostro más cercano y constante de la Iglesia ante las dificultades locales.

A través de sus 26 misiones, atendidas por sacerdotes y religiosas, la diócesis impulsa un modelo de desarrollo basado en la formación, la educación y la autosustentabilidad. Destacan sus pequeñas escuelas, donde se alfabetiza a la población ante la carencia de centros públicos, y la promoción de proyectos que buscan que las comunidades generen sus propios recursos, reduciendo así la dependencia de la ayuda externa.

Finalmente, gracias a Cáritas diocesana están llegando a lugares donde las ONG nos llegan. Desde la atención a miles de desplazados por el terrorismo hasta talleres de emprendimiento con energía solar y centros nutricionales, la Iglesia actúa como una gran familia de acogida que ofrece herramientas concretas para construir un futuro de paz y dignidad.

Un mensaje para Zaragoza: Oración y fraternidad

Antes de concluir su visita, Monseñor Alberto Vera ha querido lanzar un mensaje directo a los fieles de la Archidiócesis de Zaragoza:

«Somos una Iglesia sinodal y nuestra base es la oración. Estar unidos a Cristo nos llevará inevitablemente a los más pobres, que son su rostro más claro. Como decía Santa Teresa de Calcuta, la oración afloja el bolsillo: cuando rezamos, aprendemos a compartir lo poco que tenemos y a ser verdaderamente hermanos».

El obispo se despide recordando que, aunque el mundo parezca olvidar a Mozambique, la Iglesia sigue allí, no solo defendiendo la fe, sino protegiendo los derechos humanos de quienes no tienen a nadie más.

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