Viernes Santo: 29 de marzo de 2024

EN ESTE VIERNES SANTO ACOMPAÑAMOS A MARÍA EN SU SOLEDAD

         Desentrañamos toda la riqueza que encierra esta palabra.

S

O

L

E

D

A

D

1.- Nos acercamos a la virgen con la letra “S” de silencio.

Hay momentos en nuestra vida en los que sobran todas las palabras. Solamente el silencio es capaz de expresar todo lo que llevamos dentro. María ha perdido a su hijo, el hijo único, el hijo de sus entrañas. No ha vivido sino para él y, cuando Él desaparece, su vida se paraliza, se extingue, pierde ya todo su sentido. Ninguna palabra humana ya le puede consolar. Solamente quiere escuchar en el silencio de su corazón las propias palabras de su Hijo. Y la última palabra que ha escuchado de su hijo antes de morir ha sido ésta: “Hijo, ahí tienes a tu madre”. 

         También nosotros esta tarde escuchamos de los mismos labios de Jesús que tú eres nuestra madre. Por eso, sin palabras, pero con todo el cariño de nuestro corazón te decimos que nos sentimos muy felices de que seas nuestra madre. Desde ahora ya no estaremos solos en la vida. Ya no nos quedaremos nunca huérfanos. Siempre encontraremos en ti ayuda, apoyo, descanso. Ya no sentiremos más frío y nuestra casa siempre estará caliente. Déjanos decírtelo con uno de tus hijos: E. Mazariegos.

Está el hogar encendido

Y tienen fuego las brasas

Está que quema el hogar,

Está caliente mi casa.

2.-     Nos acercamos a María con la O de oscuridad.

Mirando bien el evangelio, tu vida, María, estuvo envuelta en una densa oscuridad. El ángel te propuso creer en algo tremendamente difícil: que ibas a ser madre sin intervención de varón. Y tú te fiaste de Dios y le creíste al ángel. Tú te llenaste de oscuridad cuando tu hijo, de doce años, se perdió en el Templo. A tus palabras tan sencillas, tan normales de madre: “Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros? Tu padre y yo angustiados te buscábamos”. Y su respuesta te desconcertó todavía más. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en las cosas de mi Padre? Tú, María, no entendiste nunca esa frase, pero aceptaste el cargar con el misterio de tu Hijo aunque no lo entendías. Y todavía entendías menos cuando los hechos desmentían las palabras del ángel. Éste te había dicho: Será grande, será llamado el Hijo del Altísimo, heredará el trono de David… ¡Qué promesas tan fabulosas! Y, sin embargo, lo que tú estás viendo en el Calvario es que ese hijo muere crucificado entre dos bandidos. Y, sin embargo, tú, seguías creyendo. La única que creía en esa noche. La única lámpara de la fe que quedaba encendida en este mundo. Gracias, María, por tu fe. Enséñanos a fiarnos de Dios, aunque no lo entendamos.

3.- Nos acercamos a María con la letra L de limitación.

Tú, la madre de Dios, Tú la Reina del Cielo, Tú la mujer vestida de sol y coronada de estrellas, tu has sentido, has vivido, has palpado la limitación. Qué limitada te viste en Belén, cuando no tenías ni una casita para dar a luz. Qué limitada cuando tuviste que huir a Egipto y habitar como emigrante en un país extraño. Qué limitada cuando murió San José y Jesús estaba predicando… Dinos, María, ¿cómo te ganabas el pan de cada día? ¿Cosías, tejías, hacías las faenas de alguna familia más adinerada? Qué limitada cuando oías que estaban juzgando injustamente a tu hijo y tú no tenías ninguna influencia. Qué limitada cuando tu Hijo agonizante se moría de sed y tú no le podías acercar ni un vaso de agua.

¡Oh Virgen y Madre nuestra! Constantemente también nosotros nos sentimos débiles, frágiles, limitados… Tú nos puedes entender mejor que nadie. Danos fuerza para aceptar nuestras limitaciones.

4.-Nos acercamos a María con la letra E de enigma.

Desde el momento en que Dios te escogió para ser su madre, toda tu vida estuvo envuelta en el Misterio. Cuando, al anuncio del ángel, tú dijiste que sí, ya sabías a qué te comprometías. Siempre que una persona dice sí a otra persona, siempre se arriesga. Detrás da cada persona siempre hay un misterio. ¿Cómo te atreviste a decir sí al Misterio de Dios? Cargaste toda la vida con ese misterio sin que jamás tuvieras la intención de abrirlo, de describirlo, de conocerlo. El misterio es lo que está más allá de todo lo nuestro. El misterio nos desborda, nos trasciende y nos rebasa. Hay que dejárselo a Dios.

A Dios sólo lo entiende Dios y nada más. Hay en la vida muchas cosas que no entendemos. ¿Por qué el dolor, el sufrimiento y la muerte? María, madre nuestra, ayúdanos a asumir la vida como es, con sus luces y sombras; con sus gozos y sus penas; con su claridad y su misterio. Pero dinos que, al final, sólo queda el amor, el amor inmenso de Dios que nos quiere mucho más de lo que nosotros podíamos imaginar.

5.- Nos acercamos a María con la letra D de destino.

Tu destino fue el de tu hijo. Y el destino tú ya lo sabías desde que el anciano Simeón te dijo: “Una espada de dolor atravesará tu alma”. El dolor del alma es el que más duele. Tú ya sabías que tu hijo iba a acabar mal. Cuando una mujer se casa con un hombre que está que se va a la guerra ya sabe a qué se arriesga. Y tú aceptaste ser madre de un hijo que iba a morir de muerte violenta. Tú te adaptaste a tu hijo en todo. Su vida era tu vida; sus sueños eran tus sueños; sus alegrías eran tus alegrías; y su destino era también el tuyo. El destino, la vocación, lo que uno tiene que hacer en la vida vale más que la vida misma. Ojalá que nuestra meta, nuestra vocación, nuestro destino sea como el de María y Jesús “Pasar por la vida haciendo siempre el bien”.

6.- Nos acercamos a María con la letra A de amargura.

El sufrimiento está en razón directa con el amor. El que más ama es el que más sufre. Nadie ha amado tanto como María a su hijo Jesús. Por eso ninguna madre ha sufrido tanto como esta madre. María ha quedado inundada en un mar de amargura. El mar es inmenso y es amargo, tiene las aguas saladas. Siempre es doloroso el sufrimiento de una madre al ver morir a su hijo. Pero en este caso se dan circunstancias especiales: es hijo único, de madre viuda. Muere a los 33 años, en plena madurez y no muere ni de accidente ni de enfermedad. Muere por envidia, por decir la verdad, por intentar construir un mundo más justo, más humano. La madre no hace más que preguntarse: Pero este hijo mío ¿qué mal ha hecho?

A ninguna madre se le deja estar presente cuando su hijo es ajusticiado. Pero a esta madre le toca estar ahí con el Hijo y recibir en su corazón maternal los golpes que los verdugos daban en el cuerpo de Jesús. Con ese dolor nos dio a luz a todos nosotros en el Calvario. No hay vida sin derramamiento de sangre. Y el corazón de la virgen se desangraba en la Cruz mientras nos engendraba a todos nosotros.

7.- Finalmente nos acercamos a María con la letra D de Dios

María no ha tenido ningún pecado, ninguna culpa. María ha sido de Dios, sólo de Dios, siempre de Dios. María rezuma a Dios por todos los poros de su ser. Dios ha sido el centro de su ocupación y de su preocupación. Dios era el pan que le alimentaba, el agua que quitaba su sed, el vino que alegraba su vida, el aire que respiraba, el suelo que la sostenía y el cielo que la cobijaba. Se dice que María vivió en Belén, en Nazaret, y los últimos días en Jerusalén. En realidad, María vivió siempre en el mismo corazón de Dios. Allí tenía su casa y su hogar; su nido y su cielo. María ha sido la única criatura que ha podido rezar el Semá con toda verdad. Ella ha amado a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todo su ser. María ha podido decir en verdad que ha vivido para hacer siempre la voluntad de Dios. Y, como su Hijo, ha podido decir: “Yo hago siempre lo que al Padre le agrada”. Ella es la llena de gracia, la llena de Dios.

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