El próximo 22 de febrero se cumplirán once años desde que el Señor, a través del papa Francisco, me confió el servicio de pastorear la Diócesis de Barbastro-Monzón.
Al mirar atrás, experimento un cierto vértigo ante los acontecimientos de gracia que Dios ha ido obrando en medio de nuestro pueblo en estos años. Y lo primero que brota de mi corazón es una profunda gratitud al Señor por haberme permitido querer y servir a esta hermosa grey del Alto Aragón oriental; por haberme ofrecido la oportunidad de pastorear esta tierra bendita, fecundada por la sangre de tantos mártires que supieron sellar con su vida la fe que hoy seguimos custodiando.
He recorrido miles de kilómetros; he visitado cada pueblo, cada comunidad cristiana, movimiento o grupo apostólico, cada cofradía. Me habéis permitido entrar en vuestras casas y también en vuestro templo interior, poblado de nobleza y dignidad. He celebrado la fe en iglesias y ermitas centenarias, cargadas de historia y de belleza. He compartido vuestras alegrías y sufrimientos, vuestras esperanzas y vuestros anhelos. Y, poco a poco, he ido descubriendo vuestra alma creyente, sencilla, fiel y resistente, capaz de levantarse una y otra vez cuando ha sido necesario.
Doy gracias al Señor por cada sacerdote, por cada consagrado y consagrada; por tantos laicos comprometidos: animadores de la comunidad, ministros extraordinarios de la comunión, catequistas, profesores de religión, voluntarios de Cáritas y de la pastoral de la salud, cofrades, niños, jóvenes y mayores que sostienen la vida cristiana cotidiana en un territorio extenso, envejecido y disperso, pero profundamente creyente. Sin vuestra colaboración y corresponsabilidad, nada de lo vivido habría sido posible.
Al mismo tiempo, quiero pedir perdón a quienes, sin pretenderlo, no haya sabido acoger como esperaban; escuchar como necesitaban; valorar o acompañar como merecían; a quienes se hayan podido sentir heridos, incomprendidos o poco tenidos en cuenta.
Soy muy consciente, como pastor, de mi condición de barro, que aprende caminando junto a su pueblo. Os aseguro que nunca traté de mirar hacia otro lado cuando hubo que tomar decisiones difíciles. Siempre intenté buscar el bien común cuando me tocó afrontar situaciones delicadas o enquistadas, y en todo momento procuré preservar la dignidad de nuestro pueblo.
Estos once años han sido también para mí un tiempo de conversión personal (kénosis), de organización pastoral y de reestructuración geográfica; un tiempo de búsqueda compartida de nuevos caminos para que el Evangelio siguiera llegando a todos. He intentado caminar junto a la grey que me fue confiada, en clave sinodal, cuidando la unidad de la diócesis, fortaleciendo la corresponsabilidad laical, valorando el trabajo infatigable de las mujeres en la Iglesia y sosteniendo la vida cristiana allí donde parecía más frágil o vulnerable: entre los pobres, los enfermos y los ancianos. Todo ello con un único deseo en el corazón: que nadie se pierda.
Soy muy consciente de estar pisando tierra sagrada. Por eso he procurado descalzarme interiormente, dejarme enseñar y fascinar por el Misterio que Dios sigue revelando a este pueblo humilde y fiel, del que tanto he aprendido. A pesar de las dificultades —que no han sido pocas—, sigo creyendo que el rescoldo de la fe permanece vivo bajo las cenizas y que el Señor continúa haciendo con nosotros un verdadero milagro.
Con esta convicción, os invito a pasar del «todos, todos, todos», jaleado por los jóvenes en Lisboa ante el papa Francisco, al «juntos, juntos, juntos» que hoy nos propone el papa León: caminar unidos para impulsar un humanismo cristiano fresco y creativo, redescubrir nuestra identidad como hijos de un mismo Padre y construir puentes de comunión y esperanza.
Confío este camino a la intercesión de nuestros mártires y a san Ramón, obispo, que supo mostrarnos un modo singular y evangélico de pastorear a su pueblo.
Con mi afecto sincero y mi bendición.
Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
