Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del III Domingo de Pascua – A – (19/04/2026)
En este tercer domingo de Pascua, el párroco nos ha sorprendido recordando la canción “nosotros venceremos sobre el odio con amor”, que Joan Báez interpretó en muchas marchas a favor de los derechos civiles, y se convirtió, desde 1969, en símbolo de liberación. Además, ha insistido en que, el evangelio de hoy (Lc 24, 13-35) proclama que Jesús ha vencido a la muerte y nosotros venceremos con él, porque en la Eucaristía sale a nuestro encuentro igual que salió al encuentro de aquellos dos discípulos que cariacontecidos caminaban hacia Emaús.
– Siempre me he sentido impactado por la larga conversación que mantuviste, en el mismo día de tu resurrección, con Cleofás y su compañero. Ellos acababan de tirar la toalla y, desencantados, caminaban a refugiarse en aquella pequeña aldea -he reconocido delante de Jesús cuando lo he tenido a mano-. Once kilómetros, o lo que es lo mismo, dos horas de camino, dieron tiempo para desahogarse…
– … y para hablar de asuntos muy sustanciosos, por cierto -ha añadido-.
– Pero lo primero que les dijiste, cuando compartieron contigo su frustración, fue que eran «torpes y necios para creer lo que dijeron los profetas». Me parece que, como se dice ahora, no empatizabas con sus preocupaciones -he dicho mientras distraídamente disolvía el azucarillo en mi taza de café-.
– ¿Y piensas que, por empatizar con ellos, tenía que seguir alimentado la visión nacionalista que tenían sobre mi misión? Ellos esperaban que el Mesías liberara a Israel y, ciertamente, el Padre me envió a liberar a aquel pueblo, pero no del poder de los romanos, sino del poder del Maligno. En la oración que os enseñé os dije que pidierais: «perdona nuestras ofensas y líbranos del Maligno»; ahí tienes la clave de toda liberación: veros libres del poder del Maligno. Sin embargo, en la literatura judía de mi tiempo se hablaba más de un Mesías poderoso y nacionalista que de un Mesías que, con su entrega y sufrimiento, liberaría al pueblo del mal.
Una vez más me he quedado meditando sus palabras y ha resonado en mis oídos la llamada del papa León a alcanzar una paz «desarmada y desarmante», llamada amplificada en sus palabras del Domingo de Ramos: «que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz, porque nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes».
– Además, en tu conversación por el camino dijiste a los de Emaús que «era necesario que el Mesías padeciera y así entrara en su gloria». ¿Por qué era necesario? ¿Quieres que seamos masoquistas? ¿No se puede entrar en la gloria sin sufrir? -he reaccionado un tanto alterado-.
– Si coges el rábano por las hojas, no lo vas a entender -ha dicho de inmediato-. Elegir la paz frente a la violencia acarrea el riesgo de ser despreciado por algunos y atacado por el más fuerte, acarrea el riesgo de sufrir…, y, sin embargo, es el camino para construir una paz duradera. Recuerda que en Getsemaní dije al que echó mano a su espada y rebanó la oreja del siervo del Sumo Sacerdote intentando defenderme: «Vuelve la espada a su sitio, porque todos los que empuñan la espada a espada perecerán».
– ¡La crónica de las guerras de cada día nos recuerda que la violencia engendra más violencia, aunque nos cueste tanto aceptarlo…! -he suspirado-.
– Porque siempre cuesta asumir el sufrimiento. Al final los de Emaús entendieron que yo era un Mesías sufriente y que mi sufrimiento fue redentor; por eso me reconocieron cuando les partí el pan. ¿Me reconoces tú en la fracción del pan eucarístico que te ofrezco cada Domingo?
– Lo intento y te suplico: «quédate con nosotros» y venceremos sobre el odio con amor…
Lectura del santo Evangelio según san Lucas (24, 13-35).
Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.