Hay imágenes que ya casi no nos conmueven. Pateras llegando a Canarias. Niños agotados. Familias enteras huyendo del hambre, de la guerra o de la desesperación. Y el gran peligro de nuestro tiempo es acostumbrarnos. Mirar… y no ver.
Sin embargo, el Evangelio vuelve a sacudirnos: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).
Cristo sigue llegando hoy en el vulnerable. Y esto no es ideología. Es Evangelio. El papa León XIV quiere que la Iglesia sea una “Iglesia acogedora y misionera”. No una Iglesia encerrada en sí misma. No una Iglesia cómoda. No una Iglesia preocupada solo de conservar. Sino una Iglesia con los brazos abiertos.
Y eso empieza primero en nuestras familias. Porque la acogida no consiste únicamente en abrir una puerta. Consiste en abrir el corazón. Acoger al hijo que se ha equivocado. Al anciano que necesita tiempo. Al que piensa distinto. Al que llega herido. Al que vive solo. Al que nadie escucha.
Nuestros pueblos pequeños todavía saben mucho de esto. Durante generaciones se aprendió que siempre cabía uno más en la mesa. Y que el huésped ocupaba siempre la cabecera de la mesa porque era el sitio reservado para Dios y quien ostenta en el hogar su presencia. Que compartir era natural. Que nadie debía sentirse extraño. Quizá ahí tenemos hoy una gran misión.
En una sociedad cada vez más individualista, las familias cristianas están llamadas a convertirse en lugares de humanidad. Porque la fe no puede quedarse encerrada dentro del templo.
La Eucaristía que celebramos nos impulsa necesariamente hacia los demás. Si recibimos a Cristo en el pan, ¿cómo no reconocerlo después en el hermano? El cristiano no puede preguntarse solamente: “¿Me conviene?” La verdadera pregunta es otra: “¿Qué haría Cristo?”
Y Cristo siempre se acercó al herido, al pobre y al descartado. No para hacer discursos. Sino para devolver dignidad. Necesitamos familias que eduquen en la ternura. Padres que enseñen a mirar con compasión. Abuelos que transmitan humanidad. Jóvenes capaces de no endurecer el corazón.
Porque la humanidad no se salvará compitiendo unos contra otros. Solo se salvará aprendiendo a cuidarse. Y quizá la familia siga siendo el primer lugar donde eso todavía puede aprenderse.
Por eso sigo creyendo profundamente que la familia es el valor más seguro, es el mejor regalo que Dios ha ofrecido al mundo.
Cuando una familia se sabe amada y ama de verdad… Dios vuelve a tener rostro entre nosotros.
Con mi afecto y mi bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
