El sacerdote Lorenzo Buera cumple 100 años: un siglo en manos de Dios

Ascen Lardiés
4 de agosto de 2026

Este 4 de agosto, la Diócesis de Barbastro-Monzón celebra un siglo de historia eclesiástica encarnada en Lorenzo Buera Salamero, sacerdote que llega a los cien años con gratitud inmensa al Señor por una vida de servicio. Con lucidez, memoria y humor, este ya centenario de Pozán de Vero repasa una vida que ha transcurrido, según sus palabras, «siempre en manos de Dios».

Hijo de una familia numerosa de once hermanos, Lorenzo parecía destinado a continuar el negocio familiar de panadería. Por circunstancias diversas, a los 19 años tuvo que hacerse cargo del horno local. Y ahí, entre los estudios de comercio y las harinas, sintió lo que él llama el «golpe» del Señor: «Yo te quiero cura». Y cura ha sido desde que se ordenara hace 72 años.

Fiel a su carácter reflexivo, no tomó la decisión a la ligera: dedicó tres meses de oración silenciosa y peticiones de claridad antes de comunicárselo a su familia. «Tenía la idea de que el demonio me engañara», confiesa hoy con una sonrisa. La primera en saberlo fue su hermana, que además era su madrina, y después don Santos Lalueza. Su padre, lejos de oponerse, lamentó no haberlo sabido antes. El apoyo familiar, recuerda, fue total.

Inició sus estudios en un seminario improvisado en el convento de las Capuchinas bajo el mandato del obispo Tabera, en una diócesis que intentaba resurgir de las cenizas de la guerra. Una guerra que recuerda con los ojos del niño que, con solo nueve años, vio desde la ventana de su casa cómo el cura de Pozán era conducido al martirio.

El «caracol» con la casa a cuestas

Lorenzo Buera siempre tuvo clara su vocación: quería ser «cura de pueblo». Tras un breve periodo como prefecto de Disciplina en el Seminario, pidió al entonces obispo ir a las parroquias. Así comenzó un periplo que lo llevó por Coscojuela de Fantova, Bielsa, Aínsa, Graus, Fonz y Seira, entre otros muchos destinos.

Él mismo se define, con humor, como «el caracol con la casa a cuestas», quizár el sacerdote con más nombramientos que implicaron un cambio real de domicilio en la diócesis. De sus doce años como capellán de las monjas de Sigena, destaca una lección de eclesiología práctica: «Yo no iba a hacer misa a las monjas; yo celebraba misa con las monjas».

Maestro de liturgia en la era digital

A sus 100 años, mantiene una rutina activa. Reside en la Casa Sacerdotal, se levanta a las siete, reza el oficio, dedica una hora a la bicicleta estática y mucho más tiempo a la reflexión y enseñanza.

Buera no conoce la jubilación espiritual. Desde su habitación, prepara y envía por correo electrónico reflexiones, subsidios litúrgicos y homilías a otros sacerdotes y comunidades para ayudarles en su formación. «Celebrar la Eucaristía es hacerlo de cara al pueblo y por el pueblo», afirma con convicción.

Es crítico con la pérdida de profundidad teológica y la falta de vocaciones, pero mantiene la esperanza en la sinodalidad, concepto que defiende desde sus raíces bíblicas. Ha seguido con atención y devoción el viaje a España del Papa León XIV, admirando su capacidad de escucha y sencillez.

Un centenario en manos de Dios

Para celebrar su cumpleaños, el área diocesana  de Comunión ha organizado lo que Lorenzo llama un «tinglado de miedo»: una gran concelebración con numerosos compañeros sacerdotes y una comida familiar. Pese al homenaje, Buera permanece anclado en su fe sencilla: «A mí no me preocupa llegar o no llegar. Si Él determina que llegue y que pase, pues llego y paso».

A lo largo de su vida, Lorenzo Buera ha conocido una docena de obispos y ocho papas, y ha sido testigo de la transformación de la diócesis y de la Iglesia. Hoy  encara su segundo siglo de vida como lo que siempre quiso ser: un servidor fiel que, entre pueblos y silencios, ha sabido leer los designios divinos en la cotidianidad del pan y la palabra. «Yo no soy como quiero ser sino como Dios quiere que sea», concluye.

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