Qué estamos viviendo tiempos de polarización, ya nadie lo puede dudar; y, quizás el tema más recurrente, en la actualidad, para atacar al que no piensa igual que tú, es el tema de las personas migrantes.
Hace pocos días, el Gobierno de nuestro país aprobaba, tras el acuerdo conseguido por algunas fuerzas políticas, vía decreto Ley, la regularización extraordinaria de personas migrantes, que acrediten estar en España antes del 31 de diciembre de 2025, carezcan de antecedentes penales y hayan permanecido en el país al menos cinco meses en el momento de la solicitud. Se habla de un proceso histórico que permitirá a cerca de 500.000 personas, obtener sus papeles de residencia y trabajo.
Pero pocos medios de comunicación, han hecho referencia a que este proceso, no fue liderado por los partidos políticos que han llegado a un acuerdo en este momento; sino gracias al trabajo, de coordinación y de consenso, de muchos grupos, asociaciones y movimientos de la Sociedad Civil y de la Iglesia Católica, entre los que hay que destacar a REDES, Cáritas y grupos de acogida y hospitalidad a personas migrantes; los cuáles, a través de la recogida de más de 600.000 firmas (un hito único e histórico en nuestro país) pudieron presentar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP), admitida a trámite en el Congreso en abril de 2024. Lamentablemente, esta iniciativa no llegó a tramitarse, debido al enfrentamiento entre las diferentes formaciones políticas de nuestro Congreso de los Diputados.
Me causa dolor y pena, que el consenso adquirido por quienes hicieron posible la presentación de esta ILP, superando diferencias y planteamientos diversos, en favor de un objetivo mayor, como era el reconocimiento de la dignidad de todas las personas migrantes, en derechos y en deberes; se haya silenciado y desvanecido en el olvido, en favor de la tan manida polarización.
Pienso que sería bueno, volver al significado de la palabra regularización, no vaya a ser que estemos manipulando, desde nuestro criterio y pensamiento, lo que este concepto quiere decir. Afirma la RAE que regularización es: “ajustar o poner en orden. Legalizar, adecuar a derecho una situación de hecho o irregular. Regularizar la situación de una persona”.
Por lo tanto, la regularización no hace sino adecuar a derecho, una situación de irregularidad que afecta a un número significativo de personas, en el ámbito de sus derechos y deberes. Estas personas están trabajando y realizando una serie de actividades profesionales que, por el tipo de trabajo, la remuneración económica o el esfuerzo físico que requieren; no son realizados por las personas que son originarias de nuestro país. O lo que es lo mismo, sabemos que las personas migrantes están -desde hace mucho tiempo- prestando esas actividades profesionales, sin estar dados de alta en la Seguridad Social, con salarios por debajo de lo establecido en su convenio y sin poder recibir prestaciones sociales. ¿Dónde queda entonces la dignidad de estas personas? El silencio cómplice de nuestra sociedad española, es algo que nos debería hacer pensar.
Y las personas creyentes, ¿cómo nos situamos ante esta realidad? ¿Anteponemos nuestros propios criterios e ideas o nos basamos en lo que dice la Doctrina Social de la Iglesia y la Sagrada Escritura? Quizás, no estaría de más recordar, la hospitalidad con el forastero y extranjero como un deber intrínseco del pueblo israelita (cf. Job 31, 32; Gn 19, 5-7; Jue 19,25.30), la misma hospitalidad que ejerció Jesucristo con diferentes personas (cf. Mc 6, 41-42; 8, 6-8; Lc 12, 34; 22,27; Jn 13, 1-5).
Y si hablamos del Magisterio Social, no podemos olvidar el n. 298 del CDSI. Pero claro, igual no es suficiente y es necesario añadir las palabras de algunos pontífices ya fallecidos. S. Juan Pablo II, en el Mensaje para la Jornada Mundial del emigrante del año 2001, manifestaba su preocupación por la pastoral de los emigrantes, para que sea un camino en que la Iglesia cumpla su misión. Nos decía entonces el Papa: “los países desarrollados no siempre pueden absorber a todos los que emigran, (…) el criterio para determinar el límite de soportabilidad no puede ser la simple defensa del propio bienestar, descuidando las necesidades reales de quienes tristemente se ven obligados a solicitar hospitalidad”.
A pesar de todo lo dicho, pienso y afirmo que es un reconocimiento tardío pero necesario. Veremos cómo evoluciona el texto del decreto, sometido a los propios vaivenes del juego de la polarización política, que nos toca vivir en nuestra realidad social cotidiana. Coincido, plenamente, con la afirmación del Catedrático emérito de Filosofía, Juan Antonio Estrada que afirma que “si la fe y la justicia están vinculadas, no es posible un cristianismo permisivo con situaciones que atentan contra los derechos humanos”.
Ocurra lo que ocurra con el devenir de este decreto de regularización, siempre habrá personas migrantes que se quedarán fuera y, como creyente convencido en la dignidad de toda persona humana, estaré junto a otros miembros de la Iglesia y de la sociedad civil, acompañando, defendiendo y promoviendo los derechos de todas las personas, sin importar su origen étnico o su condición de género. Hago mías las palabras de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones de la Conferencia Episcopal Española: “Ha llegado la hora de dar un paso decidido hacia una sociedad más justa e inclusiva, donde nadie quede relegado a la invisibilidad y la exclusión”.
1 https://www.rae.es/drae2001/regularizar
2 “Las instituciones de los países que reciben inmigrantes deben vigilar cuidadosamente para que no se difunda la tentación de explotar a los trabajadores extranjeros, privándoles de los derechos garantizados a los trabajadores nacionales, que deben ser asegurados a todos sin discriminaciones”.