Opinión

Ángel Calvo Cortés

Dios se hizo vecino nuestro

20 de enero de 2026

Comentaba en el pasado octubre que un signo de estos tiempos es que la calidad de nuestras relaciones humanas se va deteriorando y perdiendo calidez. Parece que el ideal sea “yo solito, con mi móvil y a mi aire”. Nos distanciamos y no valoramos la cercanía. A mí, esta actitud me parece algo negativo, por eso quiero resaltar comportamientos ejemplares de personas que ponen los cimientos de la paz.

Era el comienzo de la semana de Navidad. Al entrar en el patio de aquella casa, vi que había en el tablero de anuncios un escrito en el que un vecino felicitaba a todos los demás y recalcaba el placer de tener estos vecinos por los que era una suerte vivir allí. A continuación, todos los demás convecinos se sumaban con sus comentarios a esta opinión. Incluso la señora de la limpieza  anotó “yo me uno también”. Con humor expresivo, otro puso: vale más un vecino a la puerta que un pariente en Mallorca. Evidentemente, la mera cercanía física se había transformado en una conexión valiosa que aumentaba la sensación personal de estar arropado por los demás no solo para pequeños favores en situaciones cotidianas. Es una sensación de bienestar emocional.  Me hizo recordar que en Argentina, el 11 de junio, se celebra El día del vecino con el fin de honrar la cooperación entre los conciudadanos. Hay que dejar constancia de lo bueno y sembrarlo como semilla.

¿Cómo trabajar en este tema para “aprender” la buena vecindad en un mundo lleno de diferencias y polarizaciones? Debemos crecer personalmente en tolerancia, empatía, aprecio a la diversidad, aceptación del pluralismo, capacidad de acogida, sociabilidad, mentalidad abierta y flexibilidad. No suele ocurrir que se nos recuerde esto en el acto penitencial de la misa. La tolerancia no exige renunciar a lo que somos, sino aprender a convivir con lo que otros son. Nos enseña a aceptar las diversas formas de pensar, sentir y vivir, recordándonos que cada individuo tiene un valor único. Hace 2.500 años, Buda dijo que estamos en este mundo para vivir en armonía. En la Biblia se lee que Dios encarnado puso su vivienda  “entre nosotros”.

En el idioma  griego bíblico del Nuevo Testamento, vecino se dice “plesion”, cercano. Jesús, amplió su significado para incluir a cualquier persona necesitada, incluso un enemigo. Pero aún hay más. Dios puso su tienda de campaña en nuestro campamento. Es decir, vive en un piso de nuestro edificio. Al Papa Francisco, tomando la idea de Isaías, le gustaba pedirnos que ensanchásemos el espacio de nuestra tienda y ser una Iglesia más abierta, inclusiva y acogedora en la que quepamos todos, todos, todos. El ambiente del Reino de Dios, o sea, lo que Dios quiere es la armonía. Unidad en la diversidad, no uniformidad impuesta. La armonía supone cercanía y diversidad. Las partituras polifónicas nos invitan a cantar con nuestra vida, no solo con nuestra boca.

El cristiano normal, al tratar de cumplir su misión como miembro responsable de la Iglesia, se da cuenta de que su mentalidad de ampliar la tienda tropieza con cosas que chirrían  y ante las que sólo la jerarquía puede alargar las cuerdas y poner las clavijas más allá para extender la tienda de campaña, deshaciendo muros inamovibles. Pero se resisten a hacerlo y, así, no caben todos con igualdad de derechos, por ejemplo, las mujeres, los curas casados o los polígamos de otras culturas. Hay normativas canónicas, teologías caducadas y viejas costumbres que no tienen ningún sabor a evangelio. Queridos obispos no tengan miedo. Esta iglesia, tan clericalizada y ocidentalizada, necesita reformas serias ya, más allá de las palabras.

Todos debemos conocer más la cultura occidental actual tras el colapso de la metafísica aristotélica como única. Sobre esta base se formuló la doctrina cristiana y su teología. Descartes ha muerto para nuestros jóvenes. Estamos rodeados de periferias ideológicas  y pluralismos que cuestionan nuestras certezas aunque las toleren.

Creo en un Dios cercano y, a la vez, misterioso. Tenemos razones que la razón no comprende.

Un abrazo de dos vueltas

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