Desde los inicios, la Biblia nos dice que Dios “escucha”. Pasea por el jardín, camina por las rutas del desierto, se da vuelta por su creación, mira cómo están las cosas, y aplica su atención a ver, oír, escuchar los lamentos unas veces, otras el clamor de su gente, atender al que pide, tratar de entender lo que pasa, preguntar por lo que ocurre, mirar alrededor para establecer relaciones que expliquen las causas y, por fin, sacar conclusiones para implicarse en la búsqueda de solución.
La escucha es poner en tensión todos los sentidos personales para tratar de captar en qué realidad estamos. La sensibilidad despierta y se abre al ambiente de donde surgen expresiones y manifestaciones que nos dan un primer diagnóstico del entorno. Si se oyen risas no es lo mismo que si brotan lloros, o gritos de dolor, o gemidos de niño. Escuchar es vivir siempre en relación, abiertos al canto de un pájaro, la belleza de una flor, o el grito silencioso de un pobre.
El cristiano sabe que su actitud vital es estar, como Dios, siempre a la escucha. Y esta costumbre que Dios le contagia, le hace especialista en sonidos de gratitud o de angustia. Porque el mundo, diseñado como jardín lleno de belleza y abundancia, tantas veces es escenario de dolor y sufrimiento. Y la Historia, que parecía el inicio de un cuento de hadas, se ha convertido en un drama con frecuentes tintes trágicos que se levantan, como la voz de un fiscal, en acusaciones de culpa y clamor de castigo. Hay una palabra que refleja muy bien esa realidad de desgracia integral que invade al ser humano. Antes era “pecado”. Hoy es “pobreza”. Aunque tiene un matiz especialmente económico, es bueno que lo entendamos en sentido existencial. Tantas pobrezas como acechan a los humanos nos convierten en seres pobres, necesitados, limitados, anhelantes de cosas que parecen concretas y pequeñas, como el dinero, pero que terminan haciéndonos ver que son muchas más y muy profundas: Salud, comprensión, acogida, amor, horizonte, sentido, esperanza, cultura, alegría, pan.
Una forma sana de reaccionar es remontar todo derrotismo. Tratar de buscar soluciones es, ya, afirmar la esperanza, tan importante, tan movilizadora, tan enérgica, tan necesaria. Esa búsqueda tiene mucho que ver con la fe. El Dios que suele bajar a darse vuelta por el jardín lo podemos encontrar un día haciéndose el despistado y preguntándonos por nuestros hermanos cuyos gritos Él escucha. No admitirá excusas. Él quiere que lo entendamos como Padre y no entiende una fraternidad insensible o una familia indiferente. Quiere que esa sensibilidad por la “pobreza” sea el motor de nuestro crecimiento personal. Somos tanto más humanos cuanto más humanas son nuestras relaciones y cuanto más interés ponemos en ayudarnos. Nos lo dice la experiencia, lo vemos en los demás y en nosotros mismos. Pero esa sensibilidad que nos abre a descubrir el mundo de las pobrezas es la mayor riqueza de la humanidad. Cuando eso se pone en marcha desencadena un tropel de relaciones tal que aparece un mundo de contactos en red que forman un tejido de solidaridad en el que aparecen los colores que embellecen el manto de la Historia y despiertan ánimo y fuerza para seguir a pesar del ingente trabajo que queda por hacer.
Informarnos y formarnos en construir esa red social de interesados en superar las muchas pobrezas que llenan el mundo humano es la manifestación más importante de ser humanos y de ser cristianos. Por eso, no puede haber comunidad cristiana sin grupo de Cáritas. Tan importante como la Misa es ayudar a los pobres y entrar en esa inmensa red que mira, estudia y se informa de cómo hacerlo mejor cada día. Hay que escuchar ese clamor que a Dios le provoca enfados. Cuanto mejor lo hagamos seremos una comunidad más sincera y auténtica, más humana y abierta, más fiel a Dios y más útil al mundo. Es una historia larga llena de personas geniales que hicieron lo mismo que Jesús. Es la Doctrina Social de la Iglesia.