Opinión

David López

Cuando la pastoral se llena de parches

5 de enero de 2026

En muchas parroquias hay buena voluntad, creatividad y horas incontables de entrega. Sin embargo, no es raro que, pese a todo ese esfuerzo, la sensación de fondo sea siempre la misma: se hace mucho… pero algo no termina de cambiar. A veces incluso con la impresión de estar “aguantando” más que avanzando. Una de las claves para entender esta paradoja está en lo que podríamos llamar —sin ánimo despectivo— los “parches pastorales”.

Un parche pastoral es una respuesta bienintencionada a un problema real: baja participación, cansancio comunitario, jóvenes que se van, parroquias que envejecen, sacerdotes desbordados. El problema no es la respuesta en sí, sino su alcance.
El parche alivia el síntoma, pero no toca la causa. Añade una actividad, refuerza una dinámica, introduce una novedad… pero no modifica el modelo pastoral que ha generado la situación. Así, se hace “algo más”, cuando quizá lo necesario sería hacer algo distinto.

Uno de los signos más claros del parche pastoral es su dependencia personal. Funciona mientras el sacerdote —o un pequeño grupo muy implicado— aguanta. Cuando cambia el responsable, cuando llega el cansancio o cuando falta relevo, el parche se cae. El resultado es un desgaste silencioso: parroquias que sobreviven gracias al sobreesfuerzo de unos pocos y sacerdotes que terminan agotados, no por falta de fe, sino por exceso de carga.

Mucha actividad… poca misión

Otro efecto colateral es que la pastoral acaba mirándose a sí misma. La agenda se llena, pero la pregunta de fondo queda sin responder: ¿Esto ayuda realmente a vivir la fe en la vida cotidiana?

Cuando los parches se multiplican, la parroquia corre el riesgo de convertirse en un espacio donde se “hacen cosas”, pero no necesariamente en una comunidad que acompaña vocaciones, especialmente la vocación laical en la familia, el trabajo, la educación o la vida pública. Los parches también afectan a la corresponsabilidad. Consejos parroquiales o económicos existen, pero muchas veces llegan tarde, cuando las decisiones ya están tomadas por la urgencia. Se informa, se coordina, se apoya… pero no se discierne juntos. Así, órganos pensados para pensar a medio y largo plazo quedan atrapados en la gestión inmediata.

De los parches a los procesos

Frente a esta lógica, la conversión pastoral —tan repetida y tan poco asumida— apunta en otra dirección: menos parches y más procesos. Procesos de acompañamiento, de formación, de discernimiento, de envío. Procesos que no dependen solo de una persona, sino de una comunidad corresponsable, donde cada cual asume su parte de misión. No se trata de hacer más, sino de reordenar la vida parroquial en función de la misión, para que la parroquia no solo se mantenga, sino que genere vida, fe y esperanza.

Quizá el primer paso sea atrevernos a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Esto que hacemos sostiene la misión… o solo pone un parche más?

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