Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Domingo de Pascua – B – (31/03/2024)

El párroco ha leído el mismo evangelio que se leyó anoche en la Vigilia Pascual (Mc 16, 1-7) y ha hecho bien, porque el escueto relato de Marcos tiene la frescura de la sorpresa que experimentaron aquellas buenas mujeres. Pero lo primero es lo primero; un hecho tan singular obliga antes de nada a felicitar al Resucitado porque Dios no lo ha abandonado.

– ¿Es que has pensado que el Padre podía abandonarme? -me ha dicho al oír mi felicitación-.

– Como mientras agonizabas en la cruz rezaste el salmo 21: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» -he dicho a medio camino entre la respuesta y la pregunta-.

– Recuerda todo lo que se dice en este salmo -me ha replicado respondiendo a la pregunta sobre el significado del salmo, que no he llegado a formular-. Recé el salmo hasta el final que dice: «Fieles del Señor, alabadlo, porque no ha escondido su rostro al pobre desgraciado; / cuando pidió auxilio, le escuchó». El acontecimiento que hoy celebráis es la respuesta definitiva del Padre. Llegó después de que yo experimentara, como vosotros, la angustia de ese “silencio de Dios” que tanta perplejidad os produce.

– ¿Tu solidaridad con nosotros llegó hasta el extremo de sufrir el dolor de sentirte abandonado por Dios? -he dicho sorprendido cogiendo entre mis manos la taza de café-.

– ¿Olvidas que soy verdadero hombre, en todo semejante a vosotros menos en el pecado?

– Bien sabes que no es fácil conocerte ¡tan cercano a nosotros y, al mismo tiempo, tan diferente! -he respondido mirándolo con aire de complicidad-. Pero esto nos pasa a todos. Ahí tienes a María Magdalena, a María la de Santiago y a Salomé, que al salir el sol en aquel primer día de la semana fueron al sepulcro a embalsamar tu cuerpo, porque no pudieron hacerlo como ellas querían tres días antes. Tuvieron que depositarte en el sepulcro de prisa y corriendo, porque estaba a punto de empezar el descanso del Gran Sábado. Por eso fueron a ofrecerte un último servicio y estaban tan aturdidas por el “silencio de Dios” que no se percataron de que ellas solas no podrían abrir el sepulcro; al llegar con los aromas en las manos se preguntaban: “¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?”

– Pero se vieron recompensadas con la noticia de mi resurrección. ¿Te has dado cuenta de que en momentos significativos de mi vida no faltó la presencia de algunas mujeres cuya fe y amor deberíais imitar? Mi vida pública estuvo enmarcada entre la curación de la suegra de Pedro, que, en cuanto le desapareció la fiebre, se puso a servir a los que me acompañaban, y la limosna de una pobre viuda en el templo, que fue un modelo de generosidad…, y el relato de mi pasión y de mi pascua lo encuadra el evangelista entre la unción que me ofreció una mujer en Betania y el gesto servicial de estas buenas mujeres que acudieron de madrugada al sepulcro. ¿No piensas que deberíais mirarlas con más admiración en algunas ocasiones?

– No te falta razón -he balbucido jugando con la cucharilla y la taza sobre la mesa-. Supongo que por eso las compensaste encargándoles el primer testimonio de tu resurrección cuando el joven vestido de blanco que encontraron en el sepulcro les dijo: «Id a decir a sus discípulos y a Pedro: el crucificado ha resucitado. No esta aquí. Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo».

– También fueron las primeras en recibir esa buena noticia. Y observa un detalle: aquel joven les dio la buena noticia y luego les hizo caer en la cuenta de que el sepulcro estaba vacío. No creyeron porque vieran el sepulcro vacío, sino porque el Padre les anunció que me había resucitado y que eso estaba vacío el sepulcro. No olvides que esta revelación también os afecta a vosotros. ¿No divisas ya el porvenir eterno que he inaugurado para todos vosotros?