Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del II domingo de Adviento – B –

Durante su destierro, el pueblo israelita vivió una situación dramática. No sólo estaba lejos de su tierra, sino que perdió la fe en la promesa de ser un pueblo numeroso, que el Señor hiciera a Abrahán, y se preguntaban: ¿Dios ha abandonado a su pueblo? De nuevo, el profeta Isaías percibió que las cosas podían cambiar: Ciro, rey de Persia, conquistó Babilonia y permitió la vuelta de los desterrados. ¡Quién lo iba a decir! Mientras nos servían los cafés he reconocido que ha sido el párroco quien nos lo ha explicado así al comenzar la homilía, y él me ha dicho:

– Ha hecho bien vuestro párroco. Nunca deberías olvidar aquellas palabras de Isaías (Is 40, 1-5. 9-11) que habéis escuchado en la primera lectura.

– No las olvido: «Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios… Una voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor… Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza… Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres». Son tan hermosas que han quedado grabadas en mi memoria -he replicado con satisfacción-.

– Ya lo veo y me alegro, porque ahora también el desánimo cunde entre vosotros y os amedrentáis cuando un revés de la suerte o una enfermedad o cualquier contrariedad os desconcierta; entonces dudáis de que el Padre siga cuidándoos como cuida de los pájaros y de las flores del campo.

– Tienes razón -he reconocido-. Alguien me dijo en una ocasión que no circulara con las luces cortas, porque sólo vería lo inmediato, sin percatarme de todo lo que hay en el horizonte.

– Así es: no llegáis a entrever mi segunda venida y dejáis de esperar en ella como si vuestra casa definitiva estuviera en esta tierra, cuando en realidad sois ciudadanos del cielo. ¡Cuánta frustración os produce que la vida no transcurre al ritmo de vuestros deseos y expectativas! -ha añadido mirándome con cariño y compasión-. Tendríais que contemplar un poco más la figura de Juan, el Bautista, que el evangelio de hoy ha descrito (Mc 1, 1-8). Nadie como él descubrió y anunció mi presencia entre vosotros, nadie vivió tan austeramente como él y nadie sufrió una muerte tan injusta como la suya por decir la verdad al poderoso Herodes. Por algo dije de él que era “el mayor de los nacidos de mujer”.

– Sí -he suspirado-. Juan fue una voz que gritaba en el desierto: «Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos» y la gente confesaba sus pecados; nosotros, en cambio, decimos que “predicar en desierto, sermón perdido”, convirtiendo en refrán la esforzada tarea del Bautista. ¡Qué rastreros somos a veces!

– Pues ya conoces el remedio -me ha dicho en tono amable y confidencial-: Juan predicó en el desierto: allí solo hay arena y cielo, no hay lugar para los entretenimientos y distracciones que no dejan ver lo esencial. Haced un poco más de desierto y oración durante el Adviento y me reconoceréis cuando me acerque a vuestro corazón.

– Entonces, ¿hemos de olvidarnos de que vivimos en este mundo? -he preguntado cogiendo mi taza de café y mirándole inquisitivamente-.

– No es eso lo que te quiero decir. Recuerda lo que el Espíritu Santo inspiró al Concilio Vaticano II en esta sabia afirmación: «La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo».

– Sigues poniéndonos “deberes” para este Adviento -he concluido-. Vista la hora que se ha hecho, hemos pagado y nos hemos despedido hasta el domingo que viene.