Flash sobre el Evangelio del XIV Domingo del Tiempo Ordinario – B – (07/07/2024)

Después de varias semanas de actividad incesante por las orillas del mar de Galilea, Jesús retornó a Nazaret, donde era conocido como el “hijo del carpintero”. Llegó acompañado de un grupo de discípulos y de la fama de su predicación y milagros. Frente a lo que se podía esperar, el evangelista escribe que sus paisanos lo acogieron con reticencia (Mc 6, 1-6). ¿Por qué?

– Me parece que tu regreso a Nazaret dejó en ti un sabor amargo -le he dicho en cuanto hemos recogido los cafés-. Al oír cómo explicabas la lectura que hiciste en la sinagoga, se asombraron y no daban crédito que tuvieran delante al carpintero. Decían que hablabas mejor que los rabinos: ¿de dónde le viene esa sabiduría, si nunca participó en los círculos rabínicos?

– Fue un día triste para mí -me ha confesado-. El Padre quiso que mis paisanos me reconocieran como su enviado; la sabiduría y los prodigios que brotaban de mis manos procedían de Él y pudieron ayudarles, pero ellos sólo veían en mí al hombre que también soy.

– Y el evangelista da a entender que el asombro de tus vecinos se convirtió en desconfianza -he dicho mirándolo con tristeza-. «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero?», dijeron con aire de escándalo.

– Fue doloroso, no lo dudes -me ha reconocido-, porque el Padre pretendía poner ante sus ojos el regalo de que su Palabra hecha carne habitaba entre ellos y que era yo, uno de sus vecinos, pero ellos seguían manteniendo la imagen de que Dios es un ser distante, al que no podían acercarse sin descalzar sus sandalias, cuando lo que de verdad debían descalzar de prejuicios y egoísmos era su alma. ¡Qué penoso me fue escuchar aquello de que “sus parientes viven entre nosotros”, como motivo por el que desconfiaban de mí! Fue el dolor de la incomprensión de quienes se niegan a reconocerme “en uno de estos mis hermanos más pequeños” y de reconocer a Dios en lo cercano y cotidiano. Como predijo el profeta Isaías: “miran, pero no ven; oyen, pero no entienden”.

– Me parece que se te va a enfriar el café -le he dicho al ver que iba a seguir hablando – y, además, quiero preguntarte otra cosa.

– Pues pregunta -me ha dicho cogiendo la taza entre sus manos y tomando un sorbo-.

– Después de lamentarte de que «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa», el evangelista escribe que no pudiste hacer en Nazaret ningún milagro y te extrañaste de su falta de fe. Tengo la impresión de que, al no hacerles ningún milagro, te vengaste de ellos, y esto no es propio de ti -he dicho un poco azorado-.

– No pienses como los hombres. Recuerda que, cuando dije que fuerais perfectos, puse como meta el modo de actuar del Padre: “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”. El Padre no es vengativo, pero lo que ocurrió en Nazaret no fue venganza, sino que faltaba algo indispensable: lo que vosotros llamáis “milagros” requiere que haya fe. A veces pensáis que los milagros os ayudan a creer, pero es justamente al revés: la fe es la que produce el milagro. ¿Recuerdas que, cuando la barca se llenó de agua y mis discípulos me acuciaban asustados, les dije «¿aún no tenéis fe?»?

– Bien lo recuerdo; lo comentamos hace un par de domingos -he dicho sonriendo-, pero ¿cómo podemos alcanzar esa fe que mueve montañas?

– Confesando, como aquel padre que me pidió la curación de su hijo: «¡Creo, pero ayuda a mi poca fe!», -ha dicho dejando unas monedas sobre la mesa y empezando a salir-.