No me resigno

La resignación no es una virtud. Aunque nos hayan hablado o todavía nos hablen de ‘resignación cristiana’. Añadirle ‘cristiana’ no la convierte en virtud. Resignarse ante algo: una catástrofe, una muerte, una pandemia, una frustración… significa que estamos convencidos, o intentamos convencernos, de que la situación no tiene remedio, hagamos lo que hagamos. El resignado busca cualquier excusa -nunca mejor dicho- para no esforzarse en enfrentar o superar lo que ha sucedido. «Ya no se puede hacer nada, solo nos queda la resignación».

                La aceptación sí es un valor humano y una actitud cristiana ante las situaciones o acontecimientos negativos que irrumpen en nuestra existencia o en la situación de la sociedad. La aceptación nos lleva a, partiendo de lo que ha sucedido, poner a actuar la esperanza de que podemos superarlo, que podemos recuperarnos.

                Aceptar nuestros errores, equivocaciones o malas acciones, nos conduce a reconocerlos y a buscar caminos de solución para superarlos. Resignarse ante ellos es declararse de antemano un perdedor convencido de que soy así y no puedo hacer nada. Así nuestros errores crecen y crecen. La aceptación consciente y madura nos motiva. La resignación nos encierra en el lamento y la pasividad y nos desmotiva.

                Aceptar las situaciones duras cuando afectan a todo un país o a un grupo humano, como un huracán, una epidemia, la emigración por hambre, pobreza o persecución, implica algo más. Necesita la colaboración solidaria de los otros países o instituciones sociales nacionales y supranacionales para que la aceptación de los afectados por la inesperada situación, no se convierta en resignación forzada y mortal.

“Ya sea en un proceso de duelo por la muerte de un ser querido, por la rebaja de las expectativas laborales, por los problemas de salud o por algo parecido, hacer de la aceptación nuestro modo de vida resulta fundamental para no dejar que las dificultades típicas de la vida nos lastren demasiado y restrinjan nuestra libertad”.[1]

                Toda esta reflexión me ha surgido de la contemplación de la situación que estamos padeciendo y de las reacciones y actuaciones (la mayor parte positivas y responsables) que contemplo en la realidad o en los medios. Reflexión que, mejorada, es válida en toda situación conflictiva.

                Vista esta realidad, la reflexión ha surgido definitivamente de una frase, que tiene ya muchos años, del padre Pedro Arrupe: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera vivido.”[2]

                Pensamiento lleno de esperanza y de realismo. Pensamiento que valora la vida pequeña de todos y de cada uno de nosotros, de todos los seres humanos. Pensamiento que estimula nuestra responsabilidad personal en la sencillez de la vida diaria. Y siempre y especialmente, en situaciones como la actual: pandemia, emigración, huracanes…

Pero no solo esto. Esta afirmación acepta consciente y solidariamente que mi misión en el mundo es hacerlo un poco mejor. Que, cuando me vaya de este mundo, deje un poco más de bondad, de alegría, de ternura, de solidaridad, de fe, de esperanza…

Pensamiento que ilumina nuestra vida y nuestro compromiso cristianos. Nos libera de creernos los salvadores del mundo y de la resignación paralizante de que el mundo no tiene remedio y que la fe va muriendo. Desde la aceptación responsable, ser cristiano no es convencer a otros, ni siquiera se trata de salvar a los demás con un sentido proselitista. De lo que se trata es de ser testigos de una experiencia buscando el contagio a través del ejemplo. El testigo comunica lo que vive. Así no nos resignamos a que, cuando nos muramos, siga el mundo como si no hubiéramos vivido.


[1] Arturo Torres. Las 5 diferencias entre aceptación y resignación. Internet. Consulta 23 noviembre 2020.

[2] Citada por Pedro Miguel Lamet. Padre Arrupe, profeta de refugiados. Religión Digital, 20 nov 2020