Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del IV Domingo de Cuaresma – B – (10/03/2024)

En el evangelio que hoy hemos escuchado (Jn 3, 14-21), es Nicodemo quien habla con Jesús. Era un fariseo principal y miembro del Sanedrín, por lo que debía vigilar la doctrina que se impartía, pero representaba a un grupo seriamente interesado por Jesús. Acudió a hablar con Jesús de noche para no darse a entender, como hacen algunos cristianos “vergonzantes”. Juan recoge toda la conversación entre ambos en el capítulo 3 de su evangelio y fue enjundiosa…

– Parece que tu conversación con Nicodemo fue de altura -he dicho para empezar a hablar-.

– Como debía ser -me ha replicado-. Nicodemo era sincero y yo debía sincerarme con él.

– Y te despachaste a gusto. En el evangelio de hoy sólo hemos escuchado una parte de aquella larga conversación, en la que te referiste a un episodio en el desierto. ¿Qué pasó con aquellas serpientes para que se lo recordases? -le he preguntado-.

– Lo narra el libro de los Números. Como en otras ocasiones, el pueblo añoró la esclavitud de la que había sido liberado, se impacientó y murmuró contra el Señor y contra Moisés: «¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese maná miserable». Entonces, unas serpientes abrasadoras atacaron al pueblo y murió mucha gente de Israel. Pero el pueblo recapacitó y pidió a Moisés que intercediese ante el Señor. El Señor le dijo que colocase sobre un mástil una serpiente de bronce para que quien la mirase fuera salvado de las picaduras de las serpientes. Yo utilicé este episodio, que todos ellos conocían, para anunciar que «el Hijo del hombre tenía que ser elevado» como la serpiente de bronce, pero en la cruz «para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

– ¿Y por qué la vida eterna ha de llegarnos de tu humillación en la cruz? -no he podido menos de responderle antes de coger mi taza y tomar un sorbo de café-.

Jesús ha fijado sus ojos en los míos y me ha dicho pausadamente:

– Porque humillación y elevación conducen a aceptar la soberanía o reinado de Dios: para que el pueblo fuera liberado de la esclavitud debió ponerse en camino, y caminar por el desierto era penoso; para que el Padre reine en este mundo debéis hacer su voluntad, aunque su voluntad os pida perdonar a quienes os ofenden y comportaros como Él, que hace salir su sol sobre buenos y malos; la humillación de vuestra voluntad es camino para el triunfo y exaltación de la bondad y de la paz. Francisco, mi Vicario, os lo ha recordado al comenzar esta Cuaresma: «del mismo modo que Israel en el desierto llevaba todavía a Egipto dentro de sí y a menudo echaba de menos el pasado, y murmuraba contra el cielo y contra Moisés, también hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar…»

– Y entiendo que abandonar esas ataduras opresoras comporta alguna humillación -he dicho sonriendo-. ¿Por eso dijiste que «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él y el que cree en él no será condenado»?

– Cierto. Creer obliga a «romper los compromisos con el mundo viejo, con esa añoranza por la esclavitud que paralizaba a Israel en el desierto, impidiéndole avanzar. El éxodo puede interrumpirse. De otro modo no se explicaría que una humanidad que ha alcanzado niveles de desarrollo capaces de garantizar la dignidad de todos, camine en la oscuridad de las desigualdades y los conflictos», como ha añadido Francisco.

– ¡Qué hermoso sería que aceptásemos que humillación y exaltación se complementan! -he concluido, al despedirnos, suspirando con pesadumbre y esperanza-.