Cuando veo una Biblia de una persona con los ribetes un poco ‘oscuritos’, me alegro un montón.
Es signo de que esa Biblia está viva. Que la ‘tratan’ con mucha frecuencia. Y la huella de los dedos humanos son proclamación, sin palabras, de que esa Biblia está trasmitiendo vida, que no está muerta, que no es Biblia de estantería. (Te sugiero que mires ahora tu Biblia -sin duda que tienes una personal- y veas cómo están de ‘manchados sus bordes)
Pero hay otras palabras que no deberíamos manosear echando mano de ellas vengan a cuento o no. Ese manoseo también deja huella que no se ve. Pero se intuye. En la forma de pronunciarla: rápida, sin darle importancia. Casi como un papagayo o un loro que habla, pero no entiende.
Eso les pasa a las palabras: fraternidad, hermanos, hermanas… entre otras[i]
Las pronunciamos o escribimos, cada uno sabe cuánto, con frecuencia. Hasta ‘queda bien’. O se repite porque ‘queda bien’.
Mala suerte, pobrecillas ellas, les ha tocado. La repetición, el manoseo la rebaja de calidad porque le hemos quitado su sentido auténtico a la fraternidad.
La fraternidad siempre es más meta que realidad. Por eso siempre tenemos ‘trabajo’ de avanzar en fraternidad porque, gracias a Dios, nunca llegaremos a la meta: a la fraternidad total y verdadera.
Maltratamos palabras sagradas, profundas, imprescindibles en una vida cristiana. Quizás sin darnos cuenta de que estamos manoseando una palabra santa.
Estamos en Cuaresma. Un ’buen trabajo cuaresmal’ es, sin duda, avanzar en fraternidad. Desde el simple saludo afectuoso hasta un trato personal acogedor. El punto de partida de cualquier proceso de conversión es reconocer que no vivimos lo que queremos. Para ello es necesario mirar la realidad sin miedo y no dar la vida fraterna por supuesta. Por más que nos llamemos hermanos y hermanas, demasiadas veces nuestra manera de tratarnos no es coherente con el modo en que nos llamamos.
Atrevernos a decírnoslo sin traumas ni autoflagelaciones por ello, es la condición sine qua non para ponernos en camino, para desear de manera efectiva ir evangelizando nuestra vida y para disponernos a que Él, que es quien nos transforma por dentro, haga “una de las suyas”.
Es fácil deducir que esta actitud requiere evitar la tentación de espiritualizar la realidad. Al decir “espiritualizar”, me refiero a esa tendencia que nos suele brotar con facilidad de aplicar un barniz religioso y espiritual que nos dificulta abordar cuanto sucede con realismo y llamar a las cosas por su
nombre.
Toda realidad que no se mira a la cara, por más que no nos guste, y que preferimos esconder bajo discursos piadosos, se vuelve en nuestra contra, pues nos impedimos a nosotros mismos discernir la realidad, poniéndola con honestidad ante el Señor para que Él nos muestre qué hacer con ella.
La fraternidad será un taller de aprendizaje para nosotros y un testimonio del Evangelio para el resto en la medida en que vayamos aceptando la más cruda realidad para poder cambiarla: convertirnos.
La relación diaria con los demás es el taller cotidiano donde aprendemos a conjugar el verbo amar en todos sus modos, tiempos y personas en lo cotidiano del día a día.
Como bien sabemos, por propia experiencia, aprendemos a través de la práctica, con nuestros errores y aciertos y lo hacemos de manera progresiva, y así vamos adquiriendo capacidad para mayor fraternidad.
Nos hace bien recordar que no sabemos vivir la fraternidad, como estamos llamados a hacerlo, pues esta es una misión que dura toda la vida.
En esta carrera de amar como somos amados por Dios, solo nos graduaremos cuando nos encontremos cara a cara con Quien es el Amor (cfr. 1 Jn 3,2). Eso sí, mientras tanto, cuidarnos mutuamente no deja de ser una asignatura obligatoria de los primeros pasos … y de toda la vida.
[i] Cfr. Ianire Angulo Ordorika. TRATARNOS COMO HERMANOS Y HERMANAS. Pliego VIDA NUEVA. No 3444. 31
enero – 6 febrero 2026)