No invites a tus vecinos ricos

Pedro Escartín
30 de agosto de 2025

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del XXII Domingo del t. o. – C – (31/08/2025)

Según da a entender el evangelista hoy (Lc 14, 1. 7-14), los fariseos no dejaban de espiar a Jesús en púbico y en privado. En esta ocasión, uno de los principales de los fariseos le invitó a comer; en aquella casa encontró a un hombre aquejado de hidropesía y ellos le espiaban para ver si lo curaba o no, pues era sábado. Sabemos esto porque el evangelista lo escribió antes del párrafo que hoy hemos escuchado en la Misa…

– Los fariseos te estaban espiando, pero tú también les espiabas a ellos -he dicho a Jesús con una sonrisa de complicidad-.

– ¿Por qué lo dices? -ha reaccionado mientras diluía el azucarillo en su café-.

– Porque aprovechaste la ocasión para reprochar el comportamiento de algunos invitados y de paso criticar al anfitrión porque no invitó a ningún pobre -he replicado-.

– Pongamos las cosas en su sitio -me ha dicho después de tomar un sorbo-. Ellos espiaban lo que yo hacía o decía para ver si podían acusarme; yo me limité a observar lo que saltaba a la vista. Era bochornoso, por no decir cómico, ver a los invitados apresurándose a entrar en la sala del banquete para coger un puesto junto al anfitrión. Además, vi que entre los invitados sólo había gente sana y pudiente o eran parientes y vecinos ricos del que había invitado. ¿Dónde estaban los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos que tanto abundaban? Tuvieron que quedarse en la calle, porque no habían sido invitados.

– Pero es normal que, cuando uno da un banquete, invite a los que quiera; no está obligado a invitar a todo el mundo -he dicho con una sonrisa burlona-.

– Precisamente porque eso te parece lo normal dije lo que dije, aún a riesgo de que mis palabras molestasen a algunos invitados y al anfitrión -me ha dicho con tristeza-. Mi Evangelio sigue siendo subversivo. Por una parte, os hace ver que la verdadera grandeza no es la que os atribuís unos a otros, sino la que os atribuye el Padre. Los primeros puestos son para aquellos para los que Él los tiene reservados, como dije a la madre de los Zebedeos cuando me pidió que sus hijos tuvieran los primeros puestos en el Reino, y por otra, no olvides que el criterio que el Padre utiliza para reservar los primeros puestos es el comportamiento del Hijo del hombre, que ha venido a servir, no para que el sirvan…

Conforme me ha ido haciendo estas consideraciones, he perdido ánimo para seguir hablando del episodio del banquete y hubiera preferido cambiar de tema, pero en su día decidimos que nuestras tertulias dominicales tendrían como tema el Evangelio que habíamos escuchado en la Misa. Así que no tuve más remedio que seguir escuchando.

– Y no está todo dicho -ha añadido mientras yo me disponía a recoger nuestras tazas-. Antes te he dicho que en la sala del banquete no vi a gente pobre y enferma. Pues bien, era preciso, de una vez por todas, superar la estrechez de miras del Antiguo Testamento. Tanto el segundo libro de Samuel como el Levítico prohibían la entrada en el Templo a los ciegos y lisiados; la nueva Alianza, sellada con mi sangre, acoge a todos y la mejor forma de hacerlo saber era decirles: «Cuando des una comida, no invites a tus amigos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

– Aunque eres subversivo, tienes más razón que un santo -he dicho recogiendo por fin las tazas-.

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