Flash sobre el Evangelio del VII Domingo de Pascua – Ascensión del Señor – B – (12/05/2024)

La fiesta de la Ascensión del Señor, que hoy celebramos, nos hace mirar al cielo mientras mantenemos los pies sobre la tierra. Así se ha dicho en la homilía, al comentar el relato de la primera lectura (Hch 1, 1-11), en el que se cuenta que dos varones vestidos de blanco se presentaron ante los discípulos y les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse». Con los cafés ya en mis manos, he dicho a Jesús que su ascensión, inmortalizada por fray Luis de León en su inolvidable “Oda a la Ascensión”, me ha emocionado…

– Yo también gozo recordando esa oda -me ha confesado-. Al no tenerme ya visible ante sus ojos, Fray Luis expresó su añoranza con tanta hermosura que sus versos podrían hacerte olvidar tu implicación en la tarea que os encomendé.

– Supongo que por eso enviaste a aquellos varones vestidos de blanco. Marcos también nos ha recordado en el evangelio (Mc 16, 15-20) la tarea pendiente -he añadido-, aunque los signos que prometiste que acompañarían a los evangelizadores me resultan un poco raros.

– Ya hemos hablado en otras ocasiones de que las palabras de los evangelistas no siempre hay que tomarlas al pie de la letra -me ha advertido pacientemente-. Ellos utilizaron el lenguaje simbólico de su tiempo, un lenguaje que expresa muy bien lo esencial: que, aunque sigáis con los pies en la tierra, no dejéis de mirar al cielo. La fuerza para ser mis testigos os viene de mi Padre, que está en el cielo…; yo me fui al cielo, a la casa de mi Padre, para prepararos una habitación junto a mí, como testificó el evangelista Juan (Jn 14, 2-3)…; del cielo volveré de nuevo definitivamente cuando llegue la consumación de los tiempos… Por eso, te repito que no dejes de mirar al cielo y no temerás al futuro.

– Pero perdona si te digo, con una frase coloquial que repetimos de vez en cuando: “largo me lo fiais”. Ya nos gustaría palpar ahora esas promesas -he replicado después de tomar un sorbo de café y sonriendo como para pedir indulgencia por mi atrevimiento-.

– Me doy cuenta de que sientes la misma urgencia que mis discípulos -ha dicho meneando su cabeza-. En la primera lectura, Lucas recuerda que, cuando estaba a punto de volver al Padre, mis discípulos me preguntaron: «¿Es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?».

– Lo recuerdo perfectamente y también tu respuesta: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad».

– Pues eso. ¡Cuánto os gusta fijarle el calendario al Padre! Mis discípulos seguían soñando con la soberanía de Israel. Pero, ¿soñaban con la independencia para ser más solidarios con los otros pueblos de la tierra o para sentirse más fuertes e importantes que los demás? La historia se repite y necesitáis tiempo para convertir tantos egoísmos destructivos como asolan vuestro mundo y para aprender a no repetir las equivocaciones de los que os han precedido. ¿Entiendes lo peligrosa que es la impaciencia: la de mis discípulos y la vuestra?

– Pienso que lo más difícil de tu mensaje es la llamada a estar siempre mirando hacia ese futuro al que apunta tu “ascensión” -he dicho con la taza ya agotada entre las manos-.

– No te equivoques -ha rectificado amablemente-. Es justamente la esperanza en el futuro lo más atractivo de mi mensaje. Frente a la fragilidad de vuestra existencia y a la presencia del mal, consuela saber que el Padre siempre cumple sus promesas. ¿No lo crees así?

– Gracias, Jesús, por descubrirme otra vez un nuevo horizonte, aunque necesito tiempo para asimilarlo -he concluido poniéndome en marcha-.