Mientras exista un pobre en el mundo

“Mientras exista un pobre en el mundo que grita bajo la injusticia de su situación, habrá siempre algún cristiano que va a levantarse” (Leonardo Boff)[1].

Afirmación que levanta el espíritu y el corazón. Eso he sentido al ‘toparme’ inesperadamente con ella. En esos breves y sencillos textos o artículos en publicaciones poco ‘importantes’, a pie de calle, que esconden pequeños o grandes tesoros y que llegan a tus ojos. No es una frase para ‘consuelo’ artificial de nadie, sino como estímulo para que el escuchar y el levantarse avance.

He sentido enseguida la necesidad de ampliar tan esperanzadora y verdadera afirmación: Mientras exista un pobre en el mundo… habrá siempre alguna persona humana que va a levantarse. Porque creo que es verdad. Hay muchas personas que lo hacen, creyentes y no creyentes. Porque, si no fuera así, ¿dónde estaría nuestro mundo, nuestra civilización, nuestra sociedad tan injusta, pero muy bella también?

Como también es verdad que, lamentablemente, no cesan los silencios y los gritos de la pobreza, de la violencia, de la guerra y de la injusticia en nuestro mundo. Porque existen. No obstante, esto no es lo definitivo, sí el acicate para luchar contra ello. Porque la vida, el mundo, también son bellos y lo serán más con nuestra comunión solidaria con todo y con todos.

Este ‘habrá siempre’ me ha traído a la memoria esta otra afirmación de Jesús, tan conocida por nosotros e interpretada de tantas maneras: “A los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis” (Mc 14,7). Y, con permiso de los exegetas bíblicos, interpreto yo también: tener siempre a los pobres con vosotros es lo mismo que decir, sin forzar el texto, que vosotros siempre estaréis o deberéis estar al lado de los pobres, de sus reclamos, de sus gritos de justicia y dignidad. No solo que los pobres existirán siempre, sino que vosotros estaréis a su lado siempre. Para que puedan llegar a no existir pobres a la fuerza.

Un cristiano, además de ver en el pobre a un ser humano, a un hermano maltratado, ve también a Cristo. Porque, como alguien ha dicho, los pobres son los verdaderos vicarios de Cristo. Con ellos, en ellos y entre ellos, el cristiano se siente llamado a construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria, en la que no haya lugar para pobres a la fuerza, a consecuencia de cualquier injusticia que los crea. Son sus vicarios como él lo proclamó: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Solo la pobreza libremente elegida se convierte en virtud, en valor auténtico. Desde esta situación y valor-virtud elegida y aceptada, nos capacitamos espiritualmente para escuchar esos gritos y ponernos a su lado para sanarlos y reducirlos.

El cristiano, puestos los ojos en Jesús, se siente llamado y urgido a caminar con los hermanos heridos, excluidos, descartados. Primero de todo a escucharlos. Escucharlos es conocer con el corazón lo que están viviendo, lo que necesitan. Cada cristiano según sus posibilidades y con modos-vocaciones diversas, es llevado a sentirse corresponsable de esas situaciones y de su sanación. Siempre con la compasión entrañable, tantas veces señalada por los evangelios en Jesús, Para que los empobrecidos recobren su dignidad robada y puedan desarrollar todas sus capacidades y colaborar también al bien común. Un corazón bien dispuesto lleva a una acción posible, aunque sea minúscula.

Un cristiano nunca se conformará con una compasión lacrimógena o de simple -aunque muchas veces imprescindible- limosna que aligera de calderilla el bolsillo y cree que ha hecho algo grande. Como decía, lo cito de memoria, el obispo brasileño Helder Cámara: Cuando doy una limosna, me llaman santo; cuando pregunto por qué existen pobres sin pan, me llaman comunista.

Pasar de la simple limosna, aunque siempre necesaria -repito-, a preguntarse por qué hay pobres, proclamarlo a los cuatro vientos y trabajar por la dignidad y la inserción social de pobres y marginados es el camino realizado por Cáritas durante los 75 años de su existencia y que estamos celebrando este año. Este sencillo artículo es mi pequeña aportación a esta celebración.

Para agradecer a tantos voluntarios, quizás más voluntarias (de las mujeres de Acción Católica nació Cáritas), que, de modo humilde, discreto, eficaz, escondido en tantas parroquias y centros, han hecho y siguen haciendo presente el amor de Jesús y la presencia de la Iglesia entre los pobres, marginados, desechados… Para que siga haciéndose presente hoy con nueva fuerza y entrega solidaria.

Quizás lo que mejor pueda decirse actualmente de Cáritas sea algo parecido a esto: En estas casi ocho décadas, sus voluntarios y trabajadores han sabido reinventarse para pasar del asistencialismo a ser el principal motor de integración a pie de parroquias, de centro social, pero también como voz de denuncia a través de sus informes de exclusión. Así se ha ganado una autoridad en medio de la sociedad, convirtiéndose en la mayor fuente de credibilidad de la Iglesia.[2] Porque la caridad, hecha realidad transformadora, pertenece al ser de la Iglesia: Palabra, Eucaristía, Servicio. No es un apéndice que se puede tener o no tener. Y Cáritas es un medio, no el único, pero sí el asumido por la Iglesia como el cauce normal de cercanía afectiva y efectiva entre y con todos los marginados de esta sociedad.


[1] Citado por PAOLA CALDERÓN / ÁNGEL ALBERTO MORILLO. Testimoniar desde el clamor de los pobres. Misión CELAM. 7 julio 2022. Pág 4.

[2] Cfr. CUIDAR CÁRITAS PARA QUE CÁRITAS SIGA CUIDANDO. Vida Nueva. N° 3278. 9-15 julio 22. Pág 5.