María Magdalena corrió hacia el sepulcro

Pedro Escartín
4 de abril de 2026

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Domingo de Pascua – A – (05/04/2026)

Al parecer, María Magdalena no pegó ojo durante la noche del sábado después de la crucifixión de Jesús. José de Arimatea había pedido autorización a Pilato para llevarse el cadáver de Jesús y, con Nicodemo, lo puso en un sepulcro nuevo, de su propiedad, excavado en la roca, que el de Arimatea prestó a Jesús. Hubo que enterrarlo de prisa, porque estaba a punto de comenzar el gran descanso de la Pascua judía, y la Magdalena con otras piadosas mujeres prepararon aromas y mirra para embalsamar el cadáver a conciencia una vez terminado el descanso sabático. Era todo lo que podían hacer por Jesús, o eso pensaban ellas.

– ¿Por qué piensas que la Magdalena no pegó ojo aquella noche? -me ha soltado Jesús cuando le he recordado el Evangelio (Jn 20, 1-9) que hoy se ha proclamado en la Misa de Pascua-.

– Porque no se demoró en la cama, ya que casi no había amanecido y se encaminó a toda prisa hacia el sepulcro -le he respondido después de recoger nuestros cafés y acercarlos a una mesa vacía mientras indicaba al camarero que nos sirviera también unos churros-. Hoy acompañaremos el café con unos churros, ya que es el día de tu resurrección…

– ¡Y de la vuestra! -ha reaccionado él sonriendo-.

– Y de la nuestra -he asentido con gratitud-. Por cierto, que María se quedó anonadada cuando llegó al sepulcro y vio que allí no había cadáver. ¿Qué iba a hacer con los aromas que traía? Sólo pensó que los que quedaban del grupo de los Doce tenían que conocer la noticia cuanto antes y salió corriendo a avisar a Simón Pedro que alguien se había llevado tu cadáver. ¿Tampoco ella esperaba que resucitarías?

– Excepto mi Madre, nadie se tomó en serio mis reiterados anuncios de que yo sería crucificado y resucitaría. Ella había sido preparada por el Padre con las vicisitudes que soportó antes y después de darme a luz en Belén; por eso, aceptó sin desesperase que yo sería “señal de contradicción” y “una espada atravesaría su alma”, como le predijo el anciano Simeón.

– ¡Pocos han explicado tan claramente como Martín Descalzo por qué el sufrimiento se cebó en ti y en tu madre! -he exclamado-. En uno de sus poemas imagina una conversación con tu madre; ella te dice: «Esperaba que habría un atajo para salvar sin muerte», y tu le respondes: «Eso no es posible, madre. El mal es duro y solo a golpes de auténtico dolor puede resquebrajarse. No basta simular un combate y decirte: “Mañana resucitaré” como quien traga un vaso de ricino. No. Morir es morirse sin trampa ni cartón. Hay que entrar en el túnel creyendo (pero sin saberlo) que hay luz al otro lado. A lo que tu madre pregunta sorprendida: “Entonces, ¿la fe también es necesaria para ti?” Y tú respondes rotundamente: “También”».

– Es sugerente la explicación de mi encarnación que hace tu amigo el poeta. Tomé vuestra carne para ser semejante a vosotros también en el realismo del dolor y de la muerte, e incluso en la angustia que produce el silencio de Dios; ¿recuerdas que estando clavado en la cruz grité “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Bien sabía yo que el Padre nunca me abandonaría y, sin embargo, compartí con vosotros el sufrimiento que algunas veces os produce su silencio.

– ¿Por esto es tan significativa la observación del evangelista? Cuando Pedro y su compañero llegaron al sepulcro vacío, éste lo vio y creyó…

– Tan valioso como que vosotros sigáis dando crédito al testimonio de los que comieron conmigo ya resucitado y ninguna amenaza logró silenciarlos. Gracias a ellos estamos hoy aquí saboreando este café con churros -me ha dicho con un guiño de complicidad-.

– ¡Qué menos! Es la Pascua de tu Resurrección -he concluido antes de que se marchara-.

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan (20, 1-9).

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulos camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

 

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