Les enseñó las manos y los costados

Pedro Escartín
23 de mayo de 2026

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Domingo de Pentecostés – A – (24/05/2026)

Con otro relato de la aparición del Resucitado a sus discípulos en el primer día de la semana, el Evangelio (Jn 20, 19-23) nos ha introducido hoy en la solemnidad de Pentecostés. El párroco nos ha invitado a considerar el escepticismo de los discípulos ante la noticia de la resurrección de Jesús, pero también la alegría y la paz que experimentaron cuando se convencieron de que tenían delante al Señor. Entiendo su alegría y la paz que se produjo en su ánimo, pero ¿qué tiene que ver su escepticismo con la irrupción del Espíritu Santo? Doy gracias a Dios por poder comentar con Jesús estos relatos del Evangelio mientras tomamos el café dominical…

– … pues ya tardas en empezar a hablar, que luego nos falta tiempo -me ha dicho mientras me invitaba a manifestarle mis cuitas-.

– ¡Feliz domingo de Pentecostés! -he reaccionado apresuradamente indicándole que tuviera paciencia mientras acercaba los cafés a la mesa que teníamos delante-. No me extraña que tus discípulos se llenaran de alegría al verte delante de ellos, pero a todos, incluida la Magdalena, les costó lo suyo superar el escepticismo que entonces sintieron…

– ¿Y esto te confunde? Mis buenos discípulos, como israelitas fieles que eran, esperaban la resurrección en el último día, tal como Marta me dijo cuando murió su hermano Lázaro, pero verme vivo y con un cuerpo supraterreno, que se hacía presente estando las puertas cerradas, no entraba en el catálogo de sus experiencias. Además, ellos reconocían que soy el Mesías de Dios, pero habían presenciado mi atroz e injusta muerte en medio del silencio del Padre y aún estaban perplejos; y, a fin de cuentas, como hijos de su tiempo, querían palpar las cicatrices que habían dejado en mi cuerpo los clavos y la lanzada del soldado… ¿Todavía piensas que no estaba suficientemente motivado su escepticismo?

– ¡Por supuesto que lo estaba! Me parece que los críticos modernos se han pasado varios pueblos al atreverse a escribir que las expectativas de los discípulos les alucinaron y se vieron arrastrados a inventar los relatos de unas apariciones. ¡Buenos estaban aquellos pescadores del lago de Galilea para “ver” tu cuerpo vivo por haber oído el relato de unas mujeres!

– Por eso se alegraron tanto, cuando aquel primer día de la semana me puse delante de ellos y les enseñé mis manos y mi costado, y entendí que ya estaban preparados para acoger al Espíritu.

– Y con el don del Espíritu Santo les encomendaste una misión extraordinaria -he exclamado paladeando mi café antes de que se enfriara, porque el café frío pierde sabor-.

– Cierto; los envié igual que el Padre me envió a mí. Con los dones del Espíritu Santo ya estaban equipados para continuar la misión que me trajo a vuestro mundo y para que yo cumpliera la promesa que hice a Simón en Cesarea de Filipo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará».

– Y la cumpliste del todo -he añadido antes de que Jesús continuase- porque en Cesarea también dijiste a Simón: «Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos…». Te veo insuflando tu Espíritu sobre ellos para que aten, desaten y perdonen nuestros pecados… ¡Cuánto hemos de agradecer que podamos oír con nuestros propios oídos ese consolador «Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! Quédate en paz y no peques más», como se nos dice en el Sacramento del Perdón.

– Aparca, pues, de una vez todo tu escepticismo y participa en el “Vía lucis” con el que vuestra Iglesia acogerá a mi Espíritu esta tarde, en el día del Apostolado Seglar -me ha recomendado mientras apurábamos nuestros cafés…-

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan (20, 19-23).

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, le quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»

Palabra del Señor.

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