En pocos días celebraremos el día del Domund, cuyo lema nos invita a “cambiar el mundo”, pero una vez más, la tradicional tentación de nuestra Iglesia será reducir este día a una jornada por y para misioneros: Presentar testimonios de misioneros que están ayudando a cambiar este mundo y que de alguna manera nos eximen -al resto de los creyentes- de nuestra responsabilidad de llevar a cabo nuestra misión de construir el Reino de Dios en todas las realidades y circunstancias de nuestro mundo.
El Domingo Mundial de la Misión, nos recuerda que TODOS estamos llamados a SALIR de nosotros mismos para anunciar que otro mundo es posible, no es cuestión solamente de invitar a un misionero a nuestra parroquia o de dar dinero para las misiones…
Nunca un Papa, como Francisco, había hablado tan claro de la misión del creyente en el mundo. Se trata de salir, de dejar el espacio protegido de la iglesia/parroquia, de visitar en sus casas a quienes un día estuvieron “dentro” y ahora están “casi fuera”; de escuchar, alentar, animar y acompañar a quienes son tan débiles en su fe como yo lo soy y, sobre todo, es una cuestión de CREER y de AMAR a quienes Dios ha querido poner en mi camino.
La misión es riesgo, es abrir nuevos caminos, es dejar atrás lo que siempre hemos sabido hacer y “explorar” nuevas presencias en medio de un mundo cambiante que nos sigue interpelando: al dialogo (con otras iglesias y religiones), a la siempre necesaria e interpelante opción por los pobres (qué estamos haciendo -sinceramente- con los hermanos emigrantes y refugiados?), y a la auto interpelación sobre nuestros errores y  pecados en el interior de la iglesia.
El cambio es vida, es comienzo, es purificación, es abrirse a la gracia de Dios, es novedad, aprendizaje, dejarnos moldear por quien hace posible la misión en medio de realidades cotidianas: en lo pequeño, lo sencillo y en aquello apenas perceptible para los intereses de este mundo.
Todo cambio: espiritual, eclesial o social, debe arrancar de mi propia transformación o cambio personal…¿Qué estoy dispuesto a hacer para cumplir con la misión que Dios Padre ha pensado para mí?
¿Qué cambios se tienen que dar en mi persona? ¿Estoy disponible para dejar atrás todo lo que hasta ahora me ha sostenido como persona y como creyente?
El verdadero cambio supone OPTAR por Jesucristo en todas las dimensiones de nuestra vida.