Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del III Domingo de Cuaresma – A – (08/03/2026)
El Evangelio de hoy (Jn 4, 5-42) es más largo, pero no menos enjundioso que el de otros domingos. Pienso que no tendremos tiempo para comentarlo íntegramente, por lo que me limitaré a pedir la visión de Jesús sobre lo que más me ha impresionado. Mientras daba vueltas a este propósito, ha llegado Jesús y le he dicho, acercándole una taza de café:
– Siéntate, que hoy tenemos mucho de qué hablar.
– Ya tardas en decir qué te ronda por la cabeza -ha reaccionado sonriendo y cogiendo su taza de café-.
– Pues no perdamos tiempo. Mi primera impresión es que tu encuentro con la samaritana junto al pozo de Jacob empezó mal, pero acabó muy bien. ¿Cómo lo conseguiste?
– Es cierto que no empezó bien: veníamos de Galilea, hacía calor, pues era la hora sexta (mediodía según vuestro horario), yo estaba sediento, pero no tenía un cubo con el que sacar agua del pozo. Cuando llegó aquella mujer, pensé que el Padre me la enviaba y, aunque yo sabía que los de Samaría no se hablaban con nosotros, los judíos, le pedí que me diera de beber…
– … y ella no sólo reaccionó dando rienda suelta a su inquina contra vosotros, sino burlándose de ti -he continuado con su relato-. Cuando le dijiste que tú podías darle agua viva, te dijo que no tenías con qué sacarla del pozo, pues, si no, ya hubieras calmado tu sed sin pedirle que te diera de beber. ¿Cómo soportaste su impertinencia?
– Porque el Padre la puso en mi camino para que yo pudiera ofrecerle el agua que de verdad necesitaba y ella estuviera en condiciones de desearla.
– O sea, que excitaste su curiosidad al ofrecerle un agua que quita la sed de una vez por todas y, cuando se interesó en lo que le ofrecías, le dijiste, con no poco atrevimiento por tu parte, que viniera con su marido. Le tocaste la llaga que más la hacía sufrir. ¿Es que no te diste cuenta?
– Era justamente lo que yo pretendía: hay heridas que no se curan, si no se reconocen y se limpian. Estáis en plena Cuaresma y se os pide que reconozcáis vuestras heridas, si queréis libraros de ellas, aunque eso os cause dolor. La samaritana debía reconocer que cambiando de marido nunca sería feliz; tenía que cambiar el sentido de su vida, amar de verdad y pedir perdón.
– Y así lo hizo —he corroborado-. Aunque se enzarzó con la casuística sobre dónde dar culto a Dios: si en Jerusalén o en Garizím, escuchó que a Dios se le da culto “en espíritu y verdad” y, superando prejuicios y vergüenza, corrió hasta el pueblo y dijo a su gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será éste el Mesías?”.
– Entonces fue cuando dio el primer paso hacia su conversión -me ha dicho con satisfacción-.
Hemos tomado unos sorbos de café mientras yo repensaba en silencio lo que veníamos hablando y al fin he confesado:
– ¡Qué encuentro tan hermoso! Empezó mal y terminó convirtiendo a la samaritana en un heraldo de tu persona y de tu misión.
– Ya sabes que los caminos del Padre son inescrutables -me ha dicho antes de marcharse-.
Lectura del santo Evangelio según san Juan (4, 5-42).
Jesús dejó Judea y partió de nuevo para Galilea. Era necesario que pasara a través de Samaría. Llego Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia lo hora de sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer. «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y todavía se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
Palabra del Señor.