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León XIV: «¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!»

David López
13 de abril de 2026

Miles de fieles en la Basílica de San Pedro y en diócesis de todo el mundo se sumaron este sábado a una vigilia de oración por la paz marcada por la urgencia, la esperanza y una llamada firme a la responsabilidad común.

La Basílica de San Pedro se convirtió este sábado 11 de abril en el corazón espiritual de una súplica global por la paz. Convocada por el Papa León XIV, la vigilia reunió a fieles de Roma y se replicó simultáneamente en numerosas diócesis del mundo, en un gesto de comunión que desbordó fronteras y lenguas.

En un contexto internacional marcado por tensiones crecientes y conflictos abiertos, el Pontífice ofreció una reflexión de gran densidad espiritual y fuerte contenido moral, en la que subrayó que la oración no es evasión, sino compromiso: «La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades… es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva al mal» .

Una fe que une frente a la guerra que divide

Desde el inicio de su intervención, León XIV situó la vigilia en una clave profundamente evangélica: la fe que «mueve montañas» se convierte hoy en fuerza de comunión frente a la fractura del mundo. «La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta», afirmó, trazando un contraste que atravesó toda su alocución .

El Papa agradeció la respuesta de los fieles, reunidos «junto a la tumba de san Pedro, y en otros tantos lugares del mundo», subrayando así la dimensión verdaderamente universal del gesto. No se trataba solo de una convocatoria romana, sino de una movilización espiritual global.

«¡Basta ya de la guerra!»: una llamada sin ambigüedades

Uno de los momentos más contundentes del mensaje llegó con una apelación directa y reiterada: «¡Basta ya de la guerra!». León XIV denunció con claridad «la idolatría de uno mismo y del dinero» y «la exhibición de la fuerza» como raíces de la violencia contemporánea .

En esta línea, recordó las palabras de san Juan Pablo II —«¡Nunca más la guerra!»— y la enseñanza de Pacem in terris: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra». No es una consigna retórica, sino un juicio moral sostenido por la tradición reciente de la Iglesia.

El Papa fue más allá, señalando la deriva cultural que banaliza el mal y normaliza la violencia: «Incluso el Santo Nombre de Dios —el Dios de la vida— es arrastrado en discursos de muerte» . Una afirmación de especial gravedad que sitúa el problema no solo en el ámbito político, sino en el corazón mismo de la cultura.

Responsabilidad compartida: gobernantes y ciudadanos

León XIV dirigió también una interpelación directa a los responsables políticos: «¡Deténganse! ¡Es tiempo de paz! Siéntense en mesas de diálogo y de mediación», reclamó, en una exhortación clara a sustituir la lógica del rearme por la del encuentro .

Sin embargo, el Papa evitó cualquier reducción simplista del problema a los líderes. Subrayó que existe «una responsabilidad no menos importante» que corresponde a todos: construir la paz «con hechos, no sólo con palabras». La oración, en este sentido, educa para la acción y compromete la vida cotidiana.

La paz se construye «gota a gota»

Uno de los pasajes más sugerentes de la reflexión fue la imagen de la paz como proceso paciente: «como una roca que se va esculpiendo gota a gota, como en un telar el tejido avanza movimiento tras movimiento» .

León XIV retomó aquí la idea —ya presente en el magisterio de Francisco— de la paz como «artesanía», una tarea que requiere tiempo, constancia y la implicación de todos los ámbitos de la sociedad. Frente a la aceleración y la lógica del conflicto inmediato, propuso recuperar «el ritmo de la vida» y «la armonía de la creación».

Una Iglesia al servicio de la reconciliación

En la parte final de su mensaje, el Papa definió con precisión la misión de la Iglesia en este contexto: «un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz». Una Iglesia que no se repliega, sino que «avanza sin vacilar», incluso cuando el rechazo de la violencia genera incomprensión.

La meta es clara: que cada comunidad se convierta en «una casa de paz», donde se practiquen el diálogo, la justicia y el perdón. «Hoy más que nunca —afirmó— es necesario mostrar que la paz no es una utopía» .

Una súplica final desde la Pascua

La vigilia concluyó con una oración dirigida a Cristo resucitado, presentada como fuente verdadera de la paz. En ella, León XIV pidió «el aliento que da vida, que reconcilia, que convierte en hermanos a los adversarios y enemigos» .

Una súplica que sintetiza el núcleo de la convocatoria: no solo pedir el fin de la guerra, sino implorar una transformación del corazón humano.

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