Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del XI Domingo del Tiempo Ordinario – B – (16/06/2024)

Después de las celebraciones pascuales, la liturgia vuelve a recordarnos la actividad diaria de Jesús como predicador del Reino de Dios. El evangelio de hoy (Mc 4, 26-34) propone dos parábolas particularmente útiles para esos momentos de espera que tantas veces se nos antojan demasiado largos…

– La gente de Nazaret -he dicho a Jesús al encontrarnos- te tenía por el hijo del carpintero, pero en tus parábolas utilizaste muchas veces las labores del campo. Sin ir más lejos, en el evangelio de este domingo hablas del labrador, que siembra, planta y espera pacientemente a que la semilla dé fruto, y del grano de mostaza que llega a hacerse un árbol magnífico.

– Así es -me ha dicho sonriendo-. Aunque José, el esposo de María, mi madre, era artesano, no ignorábamos lo que ocurría en el campo. Entonces todo el mundo vivía pendiente de la tierra; todos veíamos crecer los sembrados y florecer las viñas y las higueras…

– No como ahora, que la cultura urbana ha conseguido que los niños sepan manejar los móviles, pero creen que la leche y el chocolate brotan en los supermercados -he añadido-.

– No me seas injusto -me ha replicado-. Cada tiempo tiene sus lagunas, pero también sus valores. Lo inteligente es descubrir unas y otros y saber compaginarlos. Ahora hay muchos educadores que enseñan a descubrir la naturaleza y a respetarla. Hay programas educativos que fomentan la ecología, se enseña a reciclar y a ser respetuosos con la tierra…

– No estaría de más algo de ecología humana y de respeto mutuo…, pero vamos a dejarlo aquí -he dicho cogiendo la taza de café en mis manos- porque esto da para hablar mucho y no podremos comentar las parábolas de hoy.

– Me parece que te ha gustado la parábola de la semilla que crece sin que el labrador sepa cómo -me ha dicho con un guiño de picardía-, y me alegro, porque muchas veces os preguntáis qué más podéis hacer para que el Reino de Dios llegue a vosotros, os acusáis de no hacer lo suficiente y esto os tiene inquietos y hasta descorazonados.

– Pues sí: me ha gustado y consolado, pero en la parábola del hombre que se fue de viaje y encomendó sus bienes a los criados tú nos dijiste que, cuando el amo regresó, puso a caldo al criado que sólo se preocupó de colocar a buen recaudo los bienes que se le encomendaron para poder devolverlos tal cual los había recibido… ¿Qué más debió hacer aquel criado?

– Lo que los otros: hacerlos producir -me ha dicho con su tono paciente de cuando quiere enseñarme algo nuevo-; son dos parábolas distintas que responden a dos actitudes diferentes. El que enterró los bienes de su amo o era un holgazán o un hombre atemorizado, y no tenía un gran deseo en que llegase el Reino de Dios; mientras que el labriego que duerme por la noche sin que sepa cómo germina la semilla ya ha hecho sus deberes: preparó la tierra, sembró y plantó, regó y luego esperó con paciencia, sabiendo que el Reino de Dios llegará porque el Padre se ha comprometido en que llegue hasta vosotros. ¿No os enseñé a rezar “venga a nosotros tu Reino”? Algo tenéis que hacer vosotros, sin perder nunca la serenidad de confiar en que es Dios quien obra en el sosiego de la noche o en la turbulencia del día, y en que el grano de mostaza llegará a ser un árbol frondoso, aunque al sembrarlo parezca poca cosa.

– Así que a Dios rogando y con el mazo dando -he concluido recogiendo mis cosas y yendo a pagar los cafés-.

– Mejor: rogad, dad con el mazo y esperad confiadamente, porque todo depende del Padre; pero algo también de vosotros -me ha dicho dándome una amistosa palmada de despedida-.