Estas semanas de Pascua nuestra Iglesia diocesana está afrontando la renovación de sus órganos de comunión: el Consejo Diocesano de Pastoral y el Consejo Presbiteral. Los nuevos consejos que salgan, además de sus funciones ordinarias, deberán llevar adelante un proceso de discernimiento comunitario con el fin de poder organizar nuestro horizonte pastoral para los próximos años.  

A la hora de afrontar estos trabajos es necesario tener muy presente, como Iglesia diocesana, la importancia de nuestra oración confiada al Padre para que nos llene de sabiduría y creatividad. Somos conscientes de que en todos nuestros trabajos Dios nos antecede. Él es quien da el incremento: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Ps. 126) dice el salmista. Sin él, nada podemos hacer (cfr. Jn 15).

Esa conciencia nos lleva a comenzar nuestra reflexión compartida rezando y a prolongar nuestra plegaria durante todo el devenir de este proceso de discernimiento comunitario que nos lleve a proponer un plan pastoral para los próximos años. Orar para discernir el plan de Dios, orar en vistas de los grandes retos pastorales que tenemos delante y que debemos afrontar con alegría, realismo y confianza. Este debería ser nuestro modo de proceder: siempre y lo primero orar. Así se pone de manifiesto que la misión que se nos confía no es fruto solo de la sabiduría humana, sino del Señor. 

La oración debe movernos a entregar la vida en la evangelización y a buscar con audacia nuevos caminos que nos acerquen al hombre de hoy, especialmente a los más débiles

Monseñor Carlos Escribano

Como nos recuerda el Papa: “Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración”. (E. G. 262). Oración que no es una llamada al individualismo estéril que nos encierra en nosotros mismos, al contrario, debe movernos a entregar la vida en la evangelización y a buscar con audacia nuevos caminos que nos acerquen al hombre de hoy, especialmente a los más débiles.

Y todo ello hacerlo con una santa aspiración en el corazón: que muchos de los destinatarios de nuestro anuncio del Evangelio se unan también a nosotros en esa oración de alabanza al Padre bueno que todo nos da. La evangelización de la Iglesia comienza orando confiadamente por parte de los que quieren transmitir el Evangelio y culmina orando agradecidamente con todos los que han sido evangelizados.

Os animo a rezar personalmente y como Iglesia diocesana por esta intención: que por la acción del Espíritu Santo encontremos caminos adecuados para llevar la alegría del Evangelio a nuestros hermanos, en este complejo momento de la historia. Sabemos que la intercesión de la Virgen del Pilar no nos va a falta