En un mundo saturado de palabras, imágenes y estímulos, quisiera proponeros, como ya os insinué, un modo nuevo de vivir este tiempo de Cuaresma: redescubriendo a través del patrimonio la fuerza transformadora de la belleza. El arte, cuando es auténtico, tiene la capacidad de tocar el corazón y abrirlo al Misterio. Benedicto XVI insistió en numerosas ocasiones en que la belleza no es un lujo ni un adorno superfluo, sino un camino privilegiado para el encuentro con Dios, para el hombre y la mujer de hoy.
Ante una obra de arte -una escultura, un cuadro, un edificio, una pieza musical- muchos han experimentado algo que va más allá de lo puramente estético: una emoción profunda, una sacudida interior, la intuición de que no estamos sólo ante materia, sino ante algo que “habla”, que despierta preguntas y ensancha el horizonte de la vida. Para Benedicto XVI, esta experiencia no es casual. El arte auténtico expresa la sed de infinito inscrita en lo más hondo del corazón humano.
En este sentido, subrayó de manera especial el valor del arte nacido de la fe. Las expresiones artísticas que brotan de una experiencia creyente no sólo embellecen, sino que se convierten en auténticos caminos de oración y de conversión. Entrar en una iglesia románica, donde la sobriedad invita al silencio; levantar la mirada en una catedral gótica, donde las líneas conducen hacia lo alto; escuchar una pieza de música sacra que dilata el alma… todo ello puede convertirse en una puerta abierta hacia el infinito.
Benedicto XVI hablaba con emoción de estas experiencias, recordando cómo ciertas obras de arte le habían transmitido no sólo belleza, sino también verdad, hasta el punto de impulsarle a dar gracias a Dios. En ellas reconocía la fe viva de generaciones enteras, “encerrada” en la piedra, en el color, en la luz o en el sonido, y todavía capaz de hablar al hombre contemporáneo. Por eso, invitaba a redescubrir la via pulchritudinis no sólo como enriquecimiento cultural, sino como camino espiritual. Visitar lugares de arte -afirmaba- puede convertirse en un momento de gracia, en una ocasión para pasar de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que ésta significa, dejando que el rayo de la belleza nos toque, nos hiera suavemente y nos eleve hacia Dios.
La belleza no sustituye a la fe pero puede abrirle el camino. No reemplaza al anuncio, pero lo prepara. No obliga a creer, pero despierta el deseo. Por eso, para la Iglesia, el diálogo con el arte no es opcional: es una forma privilegiada de evangelización, capaz de hablar allí donde otras palabras ya no llegan.
Desde esta convicción nace también nuestro deseo de custodiar, cuidar y ofrecer el patrimonio artístico de nuestra diócesis: no como un recuerdo del pasado, sino como un lenguaje vivo, capaz de seguir conduciendo hoy a muchos hacia el encuentro con Dios, Belleza suprema, fuente de toda hermosura y de toda conversión.
Hermosa aventura esta: llegar, por medio del arte, a una experiencia divina que transforma el corazón. Os propongo adentraros con humildad y asombro en el Misterio para descubrir la verdadera dignidad y la auténtica belleza que definen a todo ser humano: ser hechura de Dios, amado y llamado a la plenitud.
Con mi afecto y mi bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
