Cada año, la Catedral del Salvador (la Seo) acoge el Miércoles Santo una de las celebraciones más significativas y visuales del calendario litúrgico: la Misa Crismal. Presidida por el Arzobispo, monseñor Carlos Escribano, y rodeado por su presbiterio, esta ceremonia es una manifestación de la comunión de toda la Iglesia diocesana. Este año esta ceremonia tendrá lugar a las 11:00 horas.
¿Qué celebramos en la Misa Crismal?
Esta eucaristía tiene dos ejes fundamentales:
-
La renovación de las promesas sacerdotales: Los presbíteros de toda la Archidiócesis renuevan ante el Obispo sus compromisos de entrega y servicio al Pueblo de Dios. Es un día de fiesta para el clero, que reafirma su «sí» al Señor.
-
La bendición de los Óleos y la consagración del Crisma: Se preparan los aceites que se repartirán por todas las parroquias de Zaragoza para ser utilizados en los sacramentos durante todo el año.
El lenguaje de los colores: Verde, Morado y Blanco
En Zaragoza, las ánforas de plata que contienen estos aceites se distinguen por cintas de colores, permitiendo identificar rápidamente su destino sacramental:
-
Cinta Verde – Óleo de los Catecúmenos: Es el aceite que da fuerza. Se utiliza en el rito del Bautismo para ungir a quienes se preparan para nacer a la fe (niños y adultos), simbolizando la fortaleza necesaria para renunciar al mal y seguir a Cristo.
-
Cinta Morada – Óleo de los Enfermos: El color de la sanación y la penitencia. Se emplea en el sacramento de la Unción de los Enfermos, aportando alivio, paz y fortaleza espiritual a quienes sufren por la enfermedad o la vejez.
-
Cinta Blanca – Santo Crisma: Es el más excelso. A diferencia de los anteriores, este no solo se bendice, sino que se consagra. Es una mezcla de aceite de oliva y bálsamos aromáticos. El Arzobispo sopla sobre el ánfora en un gesto que simboliza el hálito del Espíritu Santo. Se usa en los bautizos, las confirmaciones y las ordenaciones sacerdotales y episcopales.
El «aroma de Cristo» en nuestras parroquias
El momento más solemne de la celebración es la consagración del Crisma. Al añadir el bálsamo perfumado, la Iglesia nos recuerda que el cristiano debe desprender «el buen olor de Cristo» en medio del mundo.
Una vez finalizada la celebración, estos aceites son distribuidos a los arciprestazgos y parroquias. Así, el aceite bendecido en la Catedral llegará a cada rincón de nuestra diócesis, asegurando que, desde el bautismo de un niño en un pequeño pueblo hasta la unción de un enfermo en un hospital de la capital, todos estemos unidos por el mismo signo de la gracia de Dios.