Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del III Domingo de Cuaresma – B – (03/03/2024)

Según el evangelio de san Juan, que hoy hemos escuchado (Jn 2, 13-25), Jesús saboteó el culto en el Templo de Jerusalén al expulsar a los vendedores que negociaban en el atrio de los gentiles del Templo. ¿Por qué lo hizo? Mientras nos ponen los cafés se lo pregunto…

– Comprendo que mi comportamiento en el Templo de Jerusalén te parezca impropio -me ha dicho en cuanto le he manifestado mi sorpresa-. Yo corría el riesgo de que los judíos vieran mi intervención como una provocación intolerable: algo así como si ahora alguien entrase en uno de vuestros templos más concurridos en un día de fiesta y dijera: “¡Aquí hoy no hay Misa!” e impidiera la celebración. Aquel día impedí el normal desarrollo del culto, al expulsar del atrio de los gentiles a los vendedores y cambistas, que proveían a los peregrinos de las víctimas para los sacrificios y cambiaban el dinero romano, que la gente traía, por el del Templo para que no hicieran sus ofrendas con dinero pagano.

-¿Y por qué te comportaste así? Tú no eras un zelote ni un activista -le he dicho después de tomar un sorbo de café-.

– Lo que hice no fue el arrebato de un momento de ira, sino un gesto programático -me ha respondido-. Con mi muerte y resurrección iba a empezar un culto nuevo, el único que agrada al Padre; un culto que ya no se ofrecería en el monte Garizim ni en Jerusalén, sino “en espíritu y verdad”, tal como dije a la samaritana junto al pozo de Sicar (Jn 4, 19-23). El libro del Apocalipsis (Ap 21, 22 ss) testifica que en la nueva Jerusalén «no vi Santuario alguno, porque el Señor, Dios Todopoderoso, y el Cordero es su Santuario». Mi entrega hasta el extremo en favor de todos vosotros sería en adelante el único “templo” y el único “sacrificio” agradable al Padre. Tenía que decirlo alto y fuerte, aunque escandalizara a los judíos.

– Y tanto que los escandalizaste. Inmediatamente te acosaron diciendo: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

– Y yo les expliqué el significado de aquel gesto, pero entonces no me entendieron. Refiriéndome a mi cuerpo, que yo iba a ofrecer al Padre en el altar de la cruz, les dije: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Pero ellos pensaron que hablaba del magnífico Templo de Jerusalén, que constituía su orgullo y el centro de su piedad religiosa. Por eso me replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

– Deja que te diga que no siempre fue fácil entenderte. Tampoco tus propios discípulos comprendieron entonces lo que quisiste decir. El evangelista Juan, al narrar este episodio, escribió: «Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús».

– Pero se mantuvieron fieles a pesar del vendaval que les zarandeó duramente en las amargas horas de mi pasión. Se las anuncié en tres ocasiones y no se tomaron el anuncio en serio. Fue su afecto hacia mí el que los mantuvo acongojados y esperanzados. Por eso, cuando llegó la mañana de la Pascua, empezaron a ver todo claro. Para creer hay que arriesgar…

– ¿Por eso añadió el evangelista que no te confiabas en los que creían viendo los signos que hacías, porque tú sabías bien lo que hay dentro de cada hombre?

– Amigo mío, la conversión requiere un corazón nuevo; acoger el don del Espíritu Santo que ayuda a cambiar el corazón lleva su tiempo.

– Cierto. Ya es la tercera semana de Cuaresma y ¡cuánto camino me queda por delante!