Gaza

Siempre he sabido que un día escribiría sobre Gaza, el lugar que me acogió hace casi cinco años y se acabó convirtiendo, casi sin querer, en mi hogar.

Probablemente muchos os estaréis preguntando, pero ¿tú no estabas viviendo en África, en Zimbabue? Porque Gaza está en Palestina ¿…? pero también existe un “Gaza” en Zimbabue y es el nombre con el que es conocido –por la gente- el lugar donde vivo: Dandanda.

“Gaza” (Dandanda) está ubicada en la frontera entre dos distritos (de 2 etnias, con culturas y lenguas diferentes: los Ndebeles y los Tongas), en la provincia noroccidental de Matabeleland North. Geográficamente, estamos viviendo “en medio del bosque”, en una zona rural donde no llega la electricidad, el agua procede de pozos subterráneos y no tenemos una torre de comunicación para poder llamar por teléfono. Bien es cierto, que disponemos de un wifi en la Escuela Primaria, vía Satélite – con el que podemos hacer uso de internet y WhatsApp (quienes lo podemos pagar), cuando no llueve o está nublado y han pagado la mensualidad a la compañía-; y la luz nos viene dada por la energía generada por las placas solares- lujo este, al alcance de muy pocos-.

En esta frontera periférica -que es Gaza-, como diría nuestro Papa Francisco, apenas hay presencia del Estado en forma de instituciones o autoridades. Únicamente: una Escuela Primaria, una Escuela Secundaria, una Clínica rural llevada por 2 enfermeras y 8 pequeños comercios-bares, que suministran algunos artículos de primera necesidad indispensables para el día a día de los habitantes del lugar. En Gaza, no vive “el jefe tradicional”, tampoco el diputado que nos representa en el Parlamento, ni el representante del Ayuntamiento rural…, los maestros y las enfermeras proceden de la otra parte del país o de la ciudad de Bulawayo, por lo que cuando llega el viernes el autobús es el billete de salida para abandonar “la periferia” durante al menos 2 días.

En la Gaza de Zimbabue no existe un muro “físico” (como en la Gaza de Palestina) que nos separe de Israel/del resto de Zimbabue, y nos impida “salir” y disfrutar del don sagrado de la libertad, pero existe “otro muro” –invisible, pero real-, que impide a los habitantes de Gaza vivir con dignidad y esperanza, soñar en un Zimbabue nuevo y con oportunidades para todos: donde los niños puedan estudiar y la educación obligatoria sea gratuita, donde el acceso a la Salud sea garantizado -responsablemente-por el Gobierno, donde no dependamos de “agendas políticas internacionales” para tener acceso a los antirretrovirales que combaten el SIDA o los tratamientos contra la malaria, donde la comunicación sea un derecho al alcance de todos –no solamente aquellos que viven cerca de los centros de poder-, donde podamos vivir allí donde hemos nacido y tengamos más oportunidades para decidir y no solamente la huida, como salida a una vida nueva…

Amo Gaza, cuando en medio de esta continua crisis económica que estamos viviendo en Zimbabue los ‘últimos años, mi gente es capaz de sonreír y bromear cada día con la cosa más pequeña e insignificante (me atrevería a decir, que en los pobres está la verdadera felicidad). Donde no dudan en dejar sus trabajos y quehaceres cotidianos para echarte una mano en arreglar cualquier tipo de máquina, donde siempre la acogida es vivida naturalmente y como forma de hospitalidad, donde he aprendido que el seguimiento de Jesucristo pasa por la sencillez y en hacer extraordinario lo ordinario de la vida…

Pero también me duele Gaza, cuando muchas muertes se podrían haber evitado, con un poco de formación y de medios; cuando son pocos los que quieren luchar por el bien común (por falta de educación, miedo a la jerarquía de poder, falta de libertad…), cuando se siguen buscando las soluciones a todos nuestros problemas en el exterior porque no nos creemos –todavía- que los verdaderos cambios vienen siempre desde abajo…; cuando los adolescentes dejan de ser jóvenes con 16 o 17 años, porque se han convertido ya en adultos, y a esa edad el 90% deciden abandonar Gaza y Zimbabue en pos de “la Tierra Prometida” en Sudáfrica.

En Gaza he aprendido a vivir el ministerio sacerdotal de una forma diferente, sin saberlo me he convertido en otra persona, pues en el seguimiento del Resucitado, el pasado y las seguridades pueden llegar a convertirse en un bloqueo a la misión y al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida.

No sé cuánto tiempo viviré en Gaza, lo que si sé es que Gaza permanecerá siempre en mi corazón.