Todos los percibimos y las cifras hablan por sí solas. Somos conscientes de que la sociedad occidental se halla cada vez más secularizada. En el caso de España, según los últimos datos del Observatorio del Pluralismo Religioso, hemos pasado de un 84% de la población que se autodefinía como católica en 1998, a un 65% en 2018. En contrapartida, el número de ateos o agnósticos ha subido del 14% al 29%. La progresión va en alza si tenemos en cuenta que, por edades, en el momento presente el 85% de los mayores de 75 años se consideran católicos, mientras que solo el 44% de los menores de 30 años lo hacen.

Es conveniente tener en cuenta que el resto de confesiones representan solo un 5% de la población española. Este dato confirma que la heterogeneidad –o, llamémoslo claramente por su nombre: desorientación- en el ámbito de las creencias no se debe tanto a la presencia de nuevas religiones en nuestro territorio, como al “desenganche” o abandono de los católicos al patrimonio propio de fe, doctrina y moral.

En efecto, la sociedad se seculariza. Hasta ahora habíamos entendido que vivimos en sociedades relativistas y postmodernas, pero se seguía afirmando que teníamos una herencia cultural cristiana. La pregunta que nos podemos hacer es si podemos seguir afirmando lo mismo. Me permito ponerlo en duda. Más allá del grado de identificación o de atención a la fe como inspiradora de nuestra conducta, la propia cultura de la que éramos deudores parece que se va desvaneciendo. Si la religión importa poco ¿Quién va a interesarse por los elementos culturales que la rodean, como la historia del pueblo de Israel, por los acontecimientos que relata el Nuevo Testamento, lo que han aportado la patrología o los filósofos y teólogos posteriores al pensamiento universal, y así un largo etcétera? Hoy es viernes santo: podríamos hacer una encuesta para comprobar lo que se sabe de este día.

Por tanto, si esto no se remedia, estamos ya incursos en un contexto no solo postreligioso, sino más concretamente postcristiano en toda la amplitud que representa esta palabra. Podríamos decir que ya es incluso nihilista desde el momento en que ya no referencias comunes éticas, morales o, simplemente, culturales. Nos venimos moviendo en un vacío axiológico, y ahora nos encaminamos al vacío cultural y a la incomprensión –o incluso rechazo- de nuestra Historia. El propio Francisco ha advertido, con ocasión del cuadragésimo aniversario de la creación de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea, que Europa no puede mirar al pasado como quien contempla un álbum de memorias, sino que debe encontrar sus raíces profundas si quiere seguir siendo ella misma.

En cualquier caso, un primer paso puede ser comprobar cómo nos tomamos nosotros mismos la importancia de la fe (y la cultura) y cómo se lo transmitimos a nuestros hijos. Si las familias no funcionan, la sociedad tampoco. Esperemos que en este año de la familia, y con la intercesión de San José, seamos conscientes de nuestra responsabilidad.