El próximo 21 de enero celebramos el Domingo de la Palabra. La delegación de Liturgia de la Diócesis de Tarazona ha elaborado una lista de consejos para tener en cuenta a la hora de leer las lecturas de la Misa y en las distintas celebraciones.


La liturgia de la Palabra es una parte esencial de la Misa. En las celebraciones litúrgicas y en la Eucaristía se proclama la Palabra de Dios, que en los domingos y solemnidades consta de dos lecturas, un salmo responsorial y el Evangelio.

Generalmente, los laicos son los que proclaman estas lecturas, por lo que el papel de lector es de gran importancia en la Misa para que todos los feligreses puedan escuchar qué quieres decirle Dios a cada uno de los presentes a través de la Sagrada Escritura. Por ello, es importante leer y proclamar bien las lecturas.

Este domingo 21 de enero está dedicado a la Palabra de Dios con el lema tomado del Evangelio según san Juan: «Permaneced en mi Palabra» (cf. Jn 8,31).

Como nuestro contacto más frecuente con la Palabra de Dios es en la celebración de la Misa, creemos que vendrá bien recordar algunos consejos a los que se encargan de hacer las lecturas para que este servicio importante a la comunidad cumpla con su cometido haciendo resonar en nuestros corazones la Palabra que Dios nos dirige en cada celebración.

Es bueno recordar cosas sencillas, porque en ocasiones las damos por ya sabidas, y tal vez no se saben, o porque recordándolas, las podemos afianzar.

Esperamos que estos consejos os ayuden a todos los que realizáis este servicio tan importante a vuestras comunidades.

  • Leamos la lectura previamente. Mejor dos veces, una primera para saber qué dice el texto; y una segunda para fijarse en las palabras o nombres que nos puedan resultar difíciles. Y mucho mejor leerla en voz alta. De esta forma evitaremos confundirnos de lectura o que alguna palabra se nos haga difícil de pronunciar. Con esta lectura entenderemos lo que ella dice y entendiéndola podemos proclamarla mejor.
  • Antes de empezar la lectura, coloquemos el micrófono a la altura de nuestra boca, para que se nos escuche bien. La Palabra de Dios es leída para que se escuche con claridad.
  • Es importante comenzar nuestra lectura de forma pausada, nunca con precipitación. Así los fieles podrán seguir y enterarse de lo que se lee.   
  • La preocupación de lector debe ser que todos se enteren y escuchen bien la Palabra de Dios: para ello procurará leer despacio, alto y claro, con ritmo (ni demasiado lento que distrae, ni demasiado rápido que aturde), vocalizando, ya que el sonido llega mejor al oído del oyente.
  • Para que se nos oiga y entienda bien, son importantes dos cosas: llenarnos de aire y la segunda es abrir bien la boca para que podamos proyectar nuestra voz adecuadamente.
  • Durante la lectura debemos mantener la ilusión de que prestamos nuestra voz a la Palabra de Dios y servimos a nuestra comunidad.
  • Si nos equivocamos nos detenemos un instante y la volvemos a decir con calma. No hace falta pedir perdón.
  • Los silencios en nuestra lectura son esenciales. Las pausas hacen que brillen especialmente las palabras. Aprovecharemos para respirar, y casi seguro que nos haremos escuchar.
  • Cuando termines la lectura, espera unos segundos y di con cierta solemnidad: PALABRA DE DIOSEsperas respuesta y te retiras a tu sitio.
  • Antes de comenzar, cerciorarse de que es la lectura correcta: el libro debe estar abierto (y si no abrirlo por la cinta que debe estar de modo lateral), fijarse en el día de la semana en que se está o en qué fiesta o solemnidad. Se ha dado el caso de que el que ha leído en la misa anterior no ha dejado la cinta en su lugar adecuado, y el que lee en la siguiente Misa no se da cuenta y lee la lectura del día siguiente o del anterior. También esto es señal de que no se ha preparado antes la lectura ni se ha mirado el leccionario, tristemente.
  • Al comenzar la lectura no se lee nunca lo que está en rojo: “IV Domingo de Cuaresma», ni el orden de las lecturas tampoco se lee porque está en rojo. No se dice “Primera lectura», “Salmo responsorial», “Segunda lectura». Es decir, nunca se lee lo que esté escrito en letra roja, porque son indicaciones, no texto para leer en alta voz.
  • Se comienza diciendo: “Lectura de…” y se termina haciendo una pequeña pausa con “Palabra de Dios”, no seguido, como si formase parte del texto, o leído como si fuera una pregunta “¿Palabra de Dios?», sino con tono de afirmación-aclamación: “Palabra de Dios». Como es una aclamación, y no una información, no se dice: “Es Palabra de Dios», ni tampoco se dirá “Esto es Palabra de Dios».
  • El salmo habitualmente debe ser cantado, o al menos, el estribillo o respuesta. Aunque en este caso nos debemos adaptar a las posibilidades de nuestras comunidades.
  • Si hay que leerlo, no se dirá “Salmo responsorial” (porque está escrito en rojo), tampoco se dice: “repetimos todos”, sino directamente lo que todos van a repetir, por ejemplo: “Mi alma tiene sed del Dios vivo», dando tiempo a que los demás puedan responder después de cada estrofa. Ayudará mucho que el lector repita cada vez la respuesta para facilitar los fieles que la recuerden mejor.
  • El lector o los lectores deben acercarse dignamente al ambón para leer, sin carreras ni precipitación, con dignidad. Lo harán cuando los fieles hayan respondido “Amén” a la oración colecta que el sacerdote ha recitado, y no antes.
  • Al final, dejar la cinta del leccionario bien colocada, de manera lateral y no hacia abajo, evitando que desaparezca entre las hojas del libro y evitar confusión alguna al siguiente lector.