Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del Domingo de Ramos – B – (24/03/2024)

Como es costumbre en el Domingo de Ramos, hemos escenificado la entrada de Jesús en Jerusalén con la bendición de los ramos y hemos escuchado el relato de este episodio según el Evangelio de San Marcos (Mc 11, 1-10). Jesús, tan cauto en otras ocasiones para evitar los gestos y símbolos mesiánicos, esta vez fue él quien preparó con detalle su entrada en la ciudad santa y no impidió que aclamasen que con él llegaba “el reino de nuestro padre David”. ¿Por qué actuó así?

Mientras me rondaban estas preguntas por la cabeza, he visto a Jesús trayendo los cafés a una mesa libre. Nos hemos sentado, le he contado mis cuitas y me ha dicho:

– Estás en lo cierto; quise que mi llegada a Jerusalén tuviera en esta ocasión un claro simbolismo profético. Zacarías había anunciado: «¡Exulta, hija de Sion! He aquí que viene tu rey humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna». Por eso dije a mis discípulos que buscaran un borrico que nadie había montado todavía y dejé que, siguiendo la costumbre oriental, pusieran sus mantos sobre la cabalgadura. El libro de los Reyes del Antiguo Testamento cuenta que cuando exaltaron a Jehú como rey de Israel «tomando cada uno su propio manto, lo pusieron debajo de los pies de Jehú en forma de estrado». Tampoco me importó que, en lugar de alfombras, las gentes tendieran sus vestiduras y ramos en el camino, y que proclamasen a gritos el salmo 118: «Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega». Era la fórmula de bendición sobre los peregrinos…

– ¿Por qué ahora sí y hasta ahora no habías permitido que se desvelase tu identidad mesiánica? -le he interrumpido con la taza de café entre mis manos-.

– Porque se acercaba el final y llegaba la hora de romper mis anteriores silencios. Estos estaban motivados por la preocupación de que mi identidad fuera interpretada erróneamente en sentido triunfalista y terreno. Los acontecimientos de los próximos días pondrían de manifiesto, con el testimonio irrefutable de los hechos, que este Hijo del Hombre había venido para servir y dar su vida por muchos.

– ¿Y no te preocupó que, al verte morir como un malhechor sin que Dios hiciera nada para impedirlo, se escandalizasen y se preguntaran quién era este Hijo del Hombre?

– Cada cosa llegaría a su debido tiempo. Mi resurrección pondría de manifiesto dónde estaba el Padre y quién es su Hijo amado. Vosotros sufrís constantemente la impaciencia de tocar con los dedos el final de la historia; esto os impide desarrollar verdaderos sentimientos de confianza en el Padre. Pensé que de momento era suficiente con teñir mi grandeza mesiánica con la humildad de un pollino y revestir el triunfo de debilidad. Mi entrada en Jerusalén fue una verdadera revelación mesiánica, pero sólo los que tenían fe la percibieron.

Jesús ha guardado silencio y ha tomado un sorbo de café mientras yo rumiaba sus palabras hasta que he roto el encanto de este momento diciendo:

– ¡Cuán volubles son los sentimientos de las masas! Hoy te aclamaban gritando ¡Hosanna!, que significa ¡Sálvanos!, y el viernes gritarán ¡Crucifícale!

– No fue el mismo pueblo el que lanzó ambos gritos. En el relato de Marcos, los peregrinos que llegaron a la fiesta desde Galilea estaban en primer plano y gritaban ¡Hosanna!, mientras que el viernes fueron los dirigentes del pueblo los que me rechazaron. En su relato, no se muestra un pueblo veleidoso, sino la verdadera malicia, como dije a Judas en la noche de mi última cena: «El Hijo de Hombre se va, como está escrito de él, pero ¡pero ay de aquel por quien es entregado!». Pero Judas no me escuchó…