Acampó entre nosotros

Pedro Escartín
3 de enero de 2026

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del II Domingo de Navidad – (04/01/2026)

Este domingo entre la Navidad y la Epifanía es como un eco del misterio que nunca hubiéramos podido soñar, si el Padre no nos lo hubiera revelado. Y aun así nos cuesta aceptarlo y captar toda su hondura. No es de extrañar que la liturgia reitere lo escrito por san Juan: «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros», tal como escuchábamos en el día de Navidad y hoy se ha vuelto a proclamar en el Evangelio (Jn 1, 1-18). Es lo que ha subrayado el párroco en la homilía, y no dejo de agradecer a Jesús el que haya plantado su tienda entre nuestras tiendas de campaña…

– Agradéceselo al Padre -me ha dicho Jesús cuando he querido darle las gracias-. Él ha sido quien «antes de crear el mundo decidió elegiros para que seáis santos y os destinó, unidos a mí, a ser sus hijos». El apóstol Pablo lo expresó con el lenguaje del buen discípulo de Gamaliel que había sido.

– Sí. Ya lo he escuchado en la Carta a los Efesios (Ef 1, 1-3. 15-18), que se ha leído como segunda lectura de este domingo. Pero estas palabras de Pablo palidecen ante las aún más hermosas del evangelista en el prólogo de su Evangelio. Por cierto: aunque no recuerdo dónde lo leí, he sabido que el evangelista mezcló en su prólogo un himno que se rezaba en la primera Iglesia con un villancico que cantaban aquellos cristianos. El resultado fue que la proclama del himno: «En el principio ya existía la Palabra y la Palabra era Dios… Él era la luz de los hombres» se fundió con el toque de ternura que añadió el villancico: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». Una mezcla tan entrañable como profunda.

– Es que mi encarnadura en vuestra raza es así de verdadera y entrañable -ha reaccionado después de escucharme con su taza de café entre las manos-.

Después ha tomado un sorbo y ha continuado:

— El evangelista me llamó “Palabra” o, como se dice en latín, “Verbo”. La palabra os identifica como seres humanos porque por medio de ella os comunicáis; sin ella permaneceríais aislados. Y al llamarme “Palabra”, acentuó que el Padre se comunica con vosotros por mí, que soy la Palabra viviente de Dios. Por eso escribió: «en la Palabra había vida…, por medio de la Palabra se hizo todo y esa vida era la luz de los hombres».

– Y como ocurre en algunos villancicos, la alegría está entrelazada con las penalidades del establo, del frío y de la oscuridad de la noche -he dicho cogiendo mi taza y mirándole con tristeza-. El evangelista lo dejó ver al escribir: «La Palabra estuvo en el mundo y, aunque el mundo se hizo por medio de ella, el mundo no la conoció. Vino a su casa, pero los suyos no la recibieron».

– Así de penosa es la realidad en la que vivís sumergidos -me ha dicho serenamente y, después de mirarme a los ojos, ha añadido-: No dejes que el pesimismo te haga perder la esperanza. El evangelista añadió algo que siempre has de tener presente: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio el poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». En confianza: ¿crees tú en mí?, ¿eres de los que me han recibido?

– Bien sabes que lo intento, aunque no siempre te siga con los ojos cerrados. ¿Qué sería de mí si no creyera en ti? Si algo me duele en las celebraciones navideñas es que mucha gente se alegra más con la lotería o con la cena que con que hayas venido para hacernos hijos de Dios.

– No juzguéis y no seréis juzgados -me ha recordado sonriendo mientras me incitaba a recoger mis cosas y a volver a las tareas que nos esperan en este domingo-.

 

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios (1, 3-6).
Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, concedida en el Amado.
Palabra de Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 1-18).
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer
Palabra del Señor.

 

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