Opinión

Isabel Lores

Mi impresión de la peregrinación a Madrid

9 de junio de 2026
El 17 de abril veo la publicidad del viaje a Madrid para participar en la visita apostólica del Papa León XIV. La comparto en mi estado de WhatsApp y, al día siguiente, una amiga me pregunta por WhatsApp: «¿Vais a ir a verlo?». Estoy pensándolo, me encantaría. «¿Quieres ir?». «Ir y venir en el día», le contesto. Su respuesta fue: «Sí, aunque sea una paliza, pero son ocasiones que no se repiten».

«¿Vamos?». Y en menos de una hora ya estábamos inscritas.

Y así comienza mi peregrinación para compartir con el Papa y miles de personas la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Preparo el asiento, los bocadillos, agua, crema solar, sombrero… y, sobre todo, mi corazón.

Ya queda poco, una semana. Llega el jueves, día del Corpus Christi. Me levanto, rezo el rosario como cada mañana y, antes de la misa, me acerco a la confesión (ya hacía días que no me confesaba y confieso aquí que me cuesta mucho acercarme al sacramento de la penitencia). Y llega la tarde. ¡Qué día tan especial! Ir a celebrar con la diócesis y, muy en especial, con los voluntarios de Cáritas, el Día de la Caridad; escuchar a nuestro arzobispo, D. Carlos; procesionar por las calles con nuestro Señor y adorarlo en La Seo.

Estoy plena, llena de paz y alegría, como los niños. Viene el Papa a Madrid. ¿Sabes? Voy a verlo.

A todas horas escuchando el himno:

«Alzo la mirada
Mis ojos en Jesús
Alzo la mirada
Clavada en la cruz…»

Surgen preguntas al escucharlo y quiero buscar respuestas para encontrarme con Jesús.

Llega el día de viajar y quién nos iba a decir que alzábamos la mirada a las banderas para no perdernos del grupo y estar juntas; luego, esperando al Papa, para no perdernos poder verle en persona y tenerlo cerca, sentir su paz y, finalmente, alzar la mirada a la pantalla para escucharle (todavía me sigo emocionando cada vez que lo recuerdo).

Justo antes de la misa nos preguntábamos: «¿Lo oiremos bien?». Y así fue. Comenzó y el silencio se hizo. Todos escuchando la palabra del Papa. Después nos preguntábamos si recibiríamos la comunión, y así fue. Un despliegue inmenso. Todos ordenados, con respeto, en silencio, emocionados, alegres, siendo un solo cuerpo y, en este día, con la presencia del Papa León XIV, que es nuestro padre.

Salió Jesús Sacramentado y aún se sentía más la paz que había. Cuánto amor había allí.

Solo me pregunto: «¿Quién soy yo para estar allí?».

Dios existe. Es amor y paz.

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