Siempre he pensado que el arte es el único lenguaje universal que no necesita traducción, solo tiempo. Hoy en día entramos a los museos con prisa, buscando el código QR al lado del cuadro para que una pantalla nos explique en tres líneas qué estamos viendo, transformando la contemplación en un consumo rápido. Pero antiguamente, el arte no era un pasatiempo de fin de semana; era el puente tangible entre lo humano y lo divino. Era el telediario, la literatura, la teología y la filosofía de una sociedad que no sabía leer, pero que sabía mirar con los ojos del alma.
Por eso, si lo piensas detenidamente, la importancia del arte en una iglesia era absoluta y arrolladora. Entrar en una catedral medieval o en un templo barroco era el equivalente a lo que hoy sentimos al entrar a una sala de cine con la pantalla más grande y envolvente del mundo. Todo estaba fríamente calculado, no para manipular, sino para elevar el espíritu. De hecho, la luz filtrada por las vidrieras de colores no solo iluminaba las naves, sino que recordaba directamente a las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). Esas vidrieras eran la luz de Cristo rompiendo la oscuridad del mundo, mientras que las dimensiones descomunales del espacio te hacían sentir diminuto, no por humillación, sino para que experimentaras el temor reverencial ante la inmensidad del Creador.
Lo primero en lo que nos fijamos al cruzar el umbral de un templo es en esa grandiosidad visual, porque el arte eclesiástico se diseñaba precisamente para captar tu atención al instante, para conmover las entrañas y, sobre todo, para revelar el Misterio. Las paredes hablaban; eran la Biblia de los pobres. Donde no llegaba la palabra escrita, llegaba el color, la forma y el relieve. Cada capitel esculpido, cada fresco en el ábside era una parábola visual, una forma de cumplir el mandato de ir por el mundo y proclamar el Evangelio a toda la creación.
Ante esto, cabe preguntarse cómo captamos todo esto hoy en día. Curiosamente, nuestra forma de mirar ha evolucionado, pero a veces parece que hemos perdido la capacidad de asombro. Ya no necesitamos que el arte nos enseñe el catecismo básico; ahora buscamos significado en un mundo hiperconectado pero vacío. Y ahí es donde reside la auténtica magia moderna, porque la preciosidad de una obra de arte, al igual que la fe, habita en lo incomprendido.
A veces, estar frente a una obra y no entender del todo lo que el autor quería transmitir es precisamente lo que la hace perfecta. Ocurre lo mismo con las parábolas que usaba Jesús; cuando los discípulos le preguntaron por qué hablaba de ese modo, Él respondió que los misterios del Reino de los Cielos no se entregan masticados, sino que requieren un corazón dispuesto a buscar (Mateo 13:10-11). El arte incomprendido nos obliga a detenernos, permitiéndonos captarlo no solo con la lógica del cerebro, sino con la intuición y el espíritu, rellenando los huecos de lo que no comprendemos con nuestras propias preguntas, dolores y esperanzas. Hemos pasado de ser espectadores pasivos a ser buscadores. Al fin y al cabo, ¿acaso Dios no es el misterio más hermoso e incomprendido de todos?
Esta búsqueda es la que alimenta mi «obsesión» personal, ya que siempre me ha apasionado el arte. De hecho, tengo una especie de «defecto profesional» o bendita manía incorregible: voy a un sitio nuevo y, en lugar de buscar el restaurante de moda o la calle principal de tiendas, lo primero que hago es trazar una ruta visual y espiritual. Me obsesiono con las fachadas, los relieves, los mensajes ocultos en los capiteles y las cúpulas; me paso el día con el cuello torcido hacia arriba, buscando rastros de trascendencia en la piedra. Jesús dijo: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mateo 7:7), y yo me lo tomo al pie de la letra, buscando la belleza divina en cada esquina. Y claro, ir así por la vida, con la cabeza en las nubes y el espíritu flotando en el arte sacro, a veces te regala momentos donde Dios te recuerda, con mucho sentido del humor, que los pies deben seguir en el suelo.
Precisamente hace no mucho estaba paseando por mi Zaragoza, una ciudad que nunca deja de sorprenderme y que, artísticamente, me encanta. Entre el mudéjar, los retablos, la majestuosidad del Pilar y ese cierzo que parece despejarte la cabeza, a veces no nos damos cuenta de la suerte que tenemos de vivir rodeados de un patrimonio así. Aquella mañana estaba en plena Plaza del Pilar, delante de la Basílica, completamente absorta mientras el frío apretaba y el sol empezaba a iluminar la piedra.
Me quedé parada mirando un detalle en una de las cornisas más altas, pensando en cómo el artista había conseguido que una figura de piedra pareciera tan ligera, casi como si estuviera a punto de echar a volar. Me encantaba esa sensación de contemplar algo que no acabas de entender del todo. «Qué manera de transmitir movimiento, qué bonita forma de representar lo divino…», pensaba para mis adentros, sintiéndome casi como una experta en arte.
Justo cuando saqué el móvil y acerqué el zoom para hacer una foto a lo que estaba convencida de que era un ángel esculpido, el «ángel» soltó un fuerte arrullo, movió las alas con toda la tranquilidad del mundo y me miró desde arriba con cara de pocos amigos.
No era un ángel; era una paloma maña, bien hermosa, que se había quedado completamente quieta por el frío y se confundía perfectamente con el color de la piedra de la basílica.
La gente que pasaba por la plaza empezó a mirarme y la escena debía de ser bastante graciosa: yo, inmóvil, con el móvil apuntando al cielo y cara de haber visto una aparición, y la paloma, que decidió que ya era suficiente espectáculo, echó a volar dejando una «bendición» a escasos centímetros de mis zapatillas.
No pude evitar echarme a reír. En ese momento me vinieron a la cabeza las palabras de Jesús: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lucas 14:11). Allí estaba yo, intentando encontrar una gran reflexión sobre Dios a través del arte, y al final fue una simple paloma la que me dio la lección.
Supongo que el arte y la fe se parecen mucho en eso; los dos nos enseñan a mirar con atención, a detenernos donde otros pasan de largo y a descubrir belleza donde parece que no la hay, porque detrás de lo que no entendemos siempre puede haber algo que nos haga pensar… aunque, a veces, ese «algo» sea simplemente un pajarito con ganas de hacerse pasar por un ángel celestial.
