Opinión

José Luis Lázaro

Periferias

«Incluso los menores de Ceuta»

14 de septiembre de 2026

Hace más de mes y medio que dio comienzo la enésima crisis de Ceuta, que regularmente tensa las relaciones políticas, comerciales y diplomáticas entre España y Marruecos, a través de las personas que tratan de entrar, irregularmente, en nuestro país y, por ende, en Europa.

Muchos ríos de tinta se han vertido acerca de quién estaba detrás de la entrada masiva de más de 70.000 personas que, entre los días 30 y 31 de julio de 2026, accedieron – irregularmente- al interior de la Ciudad Autónoma. 

Además, de los “ya normalizados” enfrentamientos políticos entre gobierno y oposición, o la tensión que se está viviendo entre los ciudadanos de Ceuta que han de afrontar el incremento de su población, en condiciones infrahumanas, con la carencia de servicios básicos para poder responder a las necesidades de estas personas; surge una pregunta que me gustaría sacar a la palestra: ¿quién está mirando por el cuidado y la protección de los más de 2.100 menores, que se encuentran entre la población que accedió irregularmente a la ciudad de Ceuta los días anteriormente citados, es decir niños y jóvenes menores de edad, que se encuentran en muchos casos en una situación de desamparo y abandono?

Aparte de las ONG´s locales, que han puesto todos sus recursos –humanos y materiales- para defender la dignidad de estas personas y, en consecuencia, también de estos menores de edad; pocas entidades más: políticas, eclesiales o sociales, han estado a la altura de las circunstancias. 

Considero insuficiente el posicionamiento de nuestra Iglesia Católica Española, ante unos hechos que afectan a las personas más vulnerables (los menores de edad) que hoy, están sufriendo las consecuencias de la indiferencia o el rechazo de nuestra sociedad española, ante toda noticia que tenga que ver con personas migrantes o refugiadas.

Dentro de apenas 2 semanas celebraremos, dentro de la Iglesia Católica,  la 112ª Jornada del Migrante y del Refugiado. Este año lleva por lema, «Incluso uno solo de estos pequeños», inspirado en el pasaje evangélico de Mt 18, 10:«Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos». 

No sé si “la crisis de Ceuta”, estará ya resuelta o, sencillamente, otra noticia habrá desplazado de la opinión pública, todo lo que estamos viviendo entorno a la crisis humanitaria que está afectando a tantas miles de personas y menores de edad, en esta pequeña ciudad que se ha hecho conocida, por ser la “primera frontera de Europa” en el norte de África.

Me gustaría compartir, con las personas creyentes, las palabras que el Papa León XIV, dedica en el Mensaje de esta Jornada que viviremos el próximo domingo 27 de septiembre; quizás, puedan darnos luz, en estos tiempos de enfrentamiento, polarización y conflictividad –política y social-; en los que, en no pocas ocasiones, los cristianos anteponemos nuestras propias ideas políticas, sobre el contenido de nuestra fe, recogida en la Sagrada Escritura o en el Magisterio Ordinario del Papa o de nuestros Obispos. Algunas de las palabras que nos ofrece la Iglesia, por medio de León XIV:

  • «Los menores son los más vulnerables dentro de los flujos migratorios mundiales. Son rostros concretos, historias únicas, que apelan a nuestra conciencia».
  • El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita. Es imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), es presencia del Señor. Ante cada menor emigrante, estamos llamados a realizar un acto de humanidad y de fe: en el niño, de hecho, podemos acoger y encontrar al Señor.
  • Lamentablemente, los menores emigrantes se ven más fácilmente relegados a la invisibilidad, al carecer de adultos que los protejan y los apoyen. Es necesario intervenir en los países de origen para eliminar las posibles causas que les obligan a huir, además de ofrecer protección y acogida en los países de tránsito y de llegada.
  • Incluso uno solo de estos pequeños nos llama, en nuestra vida personal, a abrir los ojos y el corazón para escuchar en profundidad su historia, sus miedos y sus sueños, superando esa indiferencia que reduce al ser humano a un dato estadístico que no nos afecta directamente. Es una invitación a reconocer al niño en su dignidad, aún antes que en su condición de “migrante”, y a proteger sus derechos fundamentales: a la vida, a la educación y a un nivel de vida que le permita crecer y desarrollarse plenamente desde el punto de vista físico, mental, espiritual, moral y social.
  • Es necesario animar a las comunidades cristianas a integrar y valorar a los refugiados e inmigrantes como miembros de pleno derecho de la familia eclesial, promoviendo nuevos itinerarios educativos y espirituales, incluso personalizados, que superen la lógica del puro asistencialismo. En particular, es fundamental prevenir la soledad, el aislamiento y el rechazo, que no pocas veces afectan también a los hijos de los emigrantes, y promover dinámicas de encuentro e integración en las que los jóvenes del territorio y los jóvenes inmigrantes puedan fortalecerse juntos, en un camino de respeto mutuo, solidaridad y amistad.
  •  Las instituciones públicas y privadas están obligadas a situar en el centro la protección y la dignidad de cada niño y adolescente. Esto implica la adopción de instrumentos jurídicos eficaces de protección, promoviendo la reunificación familiar y evitando los traumas de la separación. Es urgente un cambio de perspectiva: hay que desplazar el eje del debate de la mera gestión de los flujos migratorios a la protección plena e inmediata de los derechos humanos, adoptando «una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran» (Discurso al Parlamento español, Madrid, 8 junio 2026).

Los Mensajes de los Papas y las Jornadas eclesiales, deberemos encarnarlos en la realidad que nos toca vivir, porque si no, estaremos viviendo una fe paralela, desconectada de la vida; donde Dios nos quiere con todos los sentidos, para que podamos seguir reconociéndolo presente en todas las personas y defendiendo la dignidad de todas ellas, en cuanto criaturas que proceden del mismo Dios que nos ha otorgado, gratuitamente, el don de la vida.

Para ello, es necesario reconocer el valor único e irrepetible de cada niño, niña o adolescente migrante; con su historia, sus miedos, sus esperanzas y sus heridas; mereciéndose toda la atención, protección y  respeto. Deberemos humanizar nuestra mirada y recuperar la dimensión personal para construir una sociedad más justa. Y, por último, tendremos que superar la indiferencia y traducir la compasión en acciones concretas capaces de garantizar la protección, el acompañamiento y el desarrollo integral de cada menor.

Ojalá que puedan decir de nosotros, los seguidores del Crucificado y Resucitado, que hemos estado a la altura de nuestra fe: defendiendo, acogiendo, promoviendo e integrando en nuestras comunidades y en nuestra vida; a aquellos pequeños que, representando al mismo Señor, necesitan ser hospedados y protegidos, desde su vulnerabilidad, en este momento histórico en el cual, debemos responder con el Evangelio en nuestras manos.

1 Aparte del comunicado del Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española (CEE), la acción de la iglesia local de Cádiz, las reflexiones de Justicia y Paz, las denuncias en Los Círculos de Silencio o los artículos de algunas personas sensibilizadas con la problemática de la migración.

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