La comunidad de Hermanas Clarisas de Monzón vivió el pasado 30 de mayo una jornada de profunda alegría eclesial con la profesión solemne de sor María Nazaret, que consagró definitivamente su vida al Señor siguiendo el carisma de santa Clara de Asís. La celebración, presidida por el obispo diocesano, Mons. Ángel Pérez Pueyo, reunió a familiares, amigos, jóvenes y fieles que quisieron acompañar a la religiosa en este paso definitivo de entrega a Cristo en el Monasterio de las Hermanas Pobres de Santa Clara.
Tras la reja, con una vela en la mano, símbolo de la espera fiel como virgen prudente, la joven pidió la profesión, dando inicio al rito, que prosiguió con la homilía. Don Ángel saludó una por una a las religiosas y novicias, antes de confesar que “Marisa, sor María Nazaret, y yo somos viejos conocidos. Ella vino como aspirante para preguntarse qué podía pasar en su vida, y yo venía aquí con más miedo que alma como pastor de esta Iglesia diocesana”. La joven, señaló el obispo, cambió las preguntas obvias que casi todo el mundo se hace al plantearse “¿cómo me sueñas tú, Señor? Y Dios se lo dijo. ¿Desde dónde y para qué?”. La respuesta: “Su GPS es Jesús”, afirmó, señalando que es el mismo camino que siguieron san Francisco y santa Clara hace ocho siglos y que continúa vivo en la Eucaristía, centro de la vida contemplativa.
Dirigiéndose especialmente a los jóvenes presentes, el obispo reflexionó sobre los desafíos de la sociedad actual, marcada por muchas posibilidades pero pocas certezas, por la hiperconexión y, al mismo tiempo, por la soledad y la falta de interioridad. Frente a ello, recordó que el corazón humano sigue teniendo hambre de verdad, libertad, amor y eternidad, y que solo Dios puede colmar plenamente ese deseo.
La homilía puso también de relieve el carácter profundamente contracultural de la decisión de Sor María Nazaret. «Quiero caminar contigo toda mi vida», expresó simbólicamente el obispo al describir el sí definitivo de la religiosa a Cristo. Una entrega que, lejos de empobrecer la vida, la hace más libre, auténtica y fecunda.
A continuación, llegó el solemne escrutinio, con el fin de testimoniar su libertad, formulado por el obispo y respondido por la religiosa con cinco contundentes “sí quiero”, para postrarse a continuación, mientras los fieles recitaban la letanía de los santos. La ceremonia prosiguió con la profesión, el momento en el que sor María Nazaret, con sus manos entre las manos de la madre abadesa, sor María Alegría, pronunció sus votos solemnes.
Tras la consagración, el obispo le hizo entrega del anillo, símbolo de fidelidad esponsalicia eterna con Cristo, “como esposa del Rey eterno”. Los aplausos y enhorabuenas acompañaron los abrazos de la paz en una ceremonia que concluyó con el canto del Himno a la Virgen de la Alegría, patrona de Monzón.
Con la profesión solemne de Sor María Nazaret, la Diócesis da gracias a Dios por el don de la vida contemplativa y por el testimonio de quienes, desde la clausura, sostienen con su oración la misión evangelizadora de toda la Iglesia. Adquiere, además, un significado especial al celebrarse en la víspera de la Jornada Pro Orantibus, la jornada que la Iglesia dedica cada año a agradecer y visibilizar la vocación contemplativa. Su testimonio se convierte así en un signo elocuente de la actualidad y fecundidad de la vida consagrada contemplativa en el corazón de la Iglesia.







