Vivimos mirando constantemente. Pantallas, noticias, problemas, estadísticas, preocupaciones… y, sin embargo, quizá hace mucho tiempo que hemos dejado de mirar verdaderamente. Miramos mucho, pero contemplamos poco. Estamos hiperconectados y, paradójicamente, cada vez más solos. Sabemos casi todo de todos… y, al mismo tiempo, nos cuesta reconocer lo esencial.
Por eso me parece profundamente providencial el lema escogido para la visita del papa León XIV a España: “Alzad la mirada” (Jn 4,35). Es casi un diagnóstico espiritual de nuestro tiempo. Porque cuando uno deja de mirar hacia arriba, termina viviendo únicamente pendiente de sobrevivir. Y cuando desaparece el horizonte, todo pesan más las dificultades familiares, la educación de los hijos, las heridas afectivas, la incertidumbre económica, el cansancio interior…
Quizá el gran drama de nuestra sociedad no sea únicamente la crisis económica o cultural. El problema más profundo es que muchos viven sin esperanza. Y, sin embargo, el Evangelio sigue diciéndonos: “Alza la mirada”. Mira tu casa. Mira a los tuyos. Mira tu historia. Dios ya está pasando por ahí.
Hace años, recién llegado a Roma, subí a un autobús y me sorprendió descubrir mi rostro en un enorme cartel publicitario. Debajo aparecía escrito: “Gracias por permitirme utilizar tu imagen”. Mi sorpresa fue descubrir que no era un cartel. Era un espejo.
Aquello me hizo pensar algo muy hermoso: Tú eres la mejor fotografía de Dios. Y quizá también lo sea tu familia. Sí, precisamente tu familia. Con sus límites. Con sus heridas. Con sus discusiones. Con sus fragilidades. Porque el amor verdadero nunca ha sido perfecto. Pero sigue siendo el lugar donde Dios mejor se hace visible.
En medio de una cultura marcada por el individualismo, la provisionalidad y el miedo al compromiso, la familia continúa siendo una de las pocas escuelas donde todavía se aprende gratuitamente a amar, a esperar, a perdonar y a empezar de nuevo. Por eso me preocupa tanto que hayamos comenzado a hablar de la familia únicamente desde las estadísticas. Como si fuera solo un problema sociológico o cultural.
Y no lo es. La familia es mucho más. Es una promesa. El papa León viene a nuestra tierra para recordarnos precisamente eso: que Dios no se ha cansado del ser humano. Aunque las cifras familiares sean alarmantes. Aunque existan heridas. Aunque muchos vínculos se estén debilitando. Dios sigue creyendo en el hombre y en la mujer. Y sigue creyendo en la familia.
Nuestros abuelos lo supieron bien. Muchos sostuvieron la fe cuando ya nadie hablaba de Dios. Nuestros padres continúan intentando sacar adelante hogares en medio de una sociedad agotada y acelerada. Y nuestros jóvenes siguen buscando, a veces sin saberlo, algo auténtico por lo que merezca la pena vivir. Por eso esta visita del Papa no puede quedarse en un simple acontecimiento externo. Tiene que convertirse en una llamada interior. Volver a mirar. Volver a escuchar. Volver a sentarnos juntos a la mesa. Volver a rezar. Volver a descubrir que no estamos solos. Porque quizá el milagro que esperamos… ya está sentado en nuestra casa.
Y termino con una convicción que brota cada día con más fuerza en mi corazón: Cuando una familia se sabe amada y ama de verdad… Dios vuelve a tener rostro en el mundo.
Con mi afecto y mi bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
